The objective

El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Alí y Frazier en la oscuridad

Alí estuvo en el funeral de su viejo rival. De su mejor rival. Pero nunca pidió perdón a Frazier. Sí se lo pidió a Marvis, el hijo de Joe, tras la sangría de Manila.

“Está pagando el precio de lo que hizo. Eso es. Dios toma nota de todo” (Joe Frazier sobre Muhammad Alí, en 2008)

Muhammad Alí y Joe Frazier se enfrentaron tres veces en los años setenta, con el resultado de dos victorias para ‘El más grande’ y una para ‘Smokin’ Joe’. Pero pudo ser al revés. Su enfrentamiento de 1975, el legendario ‘Thrilla in Manila’, acabó en victoria de Alí, pero pudo acabar con triunfo de Frazier. O con la muerte de uno de los dos. O de ambos. 

Porque fue el combate más brutal, sangriento y exacerbado de la historia del boxeo.

A finales de los sesenta, la negativa de Alí a combatir en Vietnam le hizo perder su licencia de boxeador y tres años de su carrera, además del título de los pesados. Si no acabó en la ruina y el abandono fue porque Joe Frazier le brindó su apoyo, económico y moral, durante ese tiempo. Y no sólo eso: una vez acabada la pesadilla, Frazier le concedió un combate por el título para regresar al ring. Alí perdió y besó la lona por primera vez en su carrera.

Cuatro años después, Frazier odiaba a Alí. Y siguió odiándole.

Por algún motivo, Muhammad la tomó con Joe, el hombre que le mantuvo en pie cuando la injusticia estuvo cerca de derrotarle. Muy cerca. Le humilló en público. Le llamó gorila. Tío Tom. Insultos que ningún afroamericano orgulloso de serlo consentiría. 

Si Frazier alguna vez supo lo que son la crueldad y el racismo, lo supo por boca y acción de Muhammad Alí.

Joe Frazier murió en 2011. Y murió creyendo que el Parkinson que ha arrasado al tricampeón de los pesados era un castigo de Dios. Un castigo justo.

Alí estuvo en el funeral de su viejo rival. De su mejor rival. Pero nunca pidió perdón a Frazier. Sí se lo pidió a Marvis, el hijo de Joe, tras la sangría de Manila. “Quiero disculparme contigo, con tu padre y con tu familia por las cosas que dijo”.  Para Joe no fue suficiente: “¿Por qué no me lo dijo a mí? Podría haber venido a decírmelo a mí”.

El daño fue tan grande, tanto, que nunca pudo perdonarle.

Conviene, de vez en cuanto, volver a mirar a los mitos y verles el barro en los pies. Para recordar su imperfección, su humanidad. 

Y para huir de la intransigencia.

Más de este autor

Trabajos de amor perversos

“Todo tiene que ver con una mujer”, dijo el presidente de Chipre Nicos Anastasiades a colación del secuestro del avión de EgyptAir que ...

Barbarie y sinrazón

Sí, barbarie y sinrazón. Y también demencial y trágico. El diccionario está lleno de palabras desgastadas de sentido y que aplicamos como ...

Más en El Subjetivo