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El final de las primeras veces

Foto: Francisco Seco | AP

En un tiempo lejano, ya oculto por la telaraña de la desmemoria, cualidades como la templanza, la prudencia, el respeto, la discreción o la lealtad se consideraban valores a elogiar, defender e imitar en el ejercicio de la política. Son cualidades antiguas, valores de ese lento y parsimonioso mundo de ayer en el que todo era sólido y seguro.

Ahora que la competición se dirime entre lo líquido y lo gaseoso, y que los valores en alza son la audacia, el egotismo y la impaciencia, puede parecer extemporáneo dedicar unas líneas de reconocimiento al más eximio político de ese tiempo perdido de valores antiguos y objetivos medibles, un señor de provincias al que muy pronto echarán más de menos que de más todos los que han contribuido a acabar con él. Hasta sus más conspicuos oponentes notarán la ausencia de ese respetuoso demócrata, hábil parlamentario y silencioso cumplidor del laissez faire que tanto escasea en la política española.

Sí, ese señor de un tiempo que hoy se ve lejano, aunque acabó hace solo una semana, se llama Mariano Rajoy Brey. La trituradora política le ha pasado por encima; no le ha destruido personalmente, aunque ha adelantado su previsible salida de La Moncloa con un final abrupto. Como todo el mundo sabe, desde hace solo una semana, es expresidente del Gobierno de España, y será, dentro de solo unas semanas, expresidente del Partido Popular.

Antonio Cánovas, un hombre mucho más antiguo que todos los que ahora encumbramos y arrumbamos a la velocidad de un click, decía que la política es el arte de hacer realidad en cada momento aquella parte del ideal que las circunstancias permiten. Mariano Rajoy, conservador como Cánovas, empezó por el final: por las circunstancias. Vio la gravedad de esas circunstancias para España y los españoles a finales de 2011, cuando ganó el Gobierno gracias a la mayoría absoluta de los votos, y decidió que su tarea era mejorarlas en todo lo posible. En su despedida en el Congreso, minutos antes de la votación de la censura que le desalojó del Gobierno, lo resumió con estas palabras: “Creo que he cumplido con el mandato fundamental de la política, que es mejorar la vida de las personas”.

La mejora vital del conjunto de los españoles es evidente en todo lo que es medible. Y medible es lo que se puede medir: empleo, oportunidades, crecimiento, consumo, inversión, exportaciones… Es medible todo eso que llaman economía. Solo hay que comparar, con datos, este junio de 2018 con finales de 2011. A Rajoy le gusta contarlo: cómo por primera vez –desde que hay estadísticas que lo midan– España padeció una recesión no de un año ni de dos, sino de cinco años consecutivos. Y cómo ahora encadenamos cuatro seguidos de crecimiento, tres de ellos por encima del 3% anual. Suele recordar cómo en 2011 se destruían 1.500 empleos al día y ahora el ritmo de crecimiento del empleo es de casi 1.400 puestos de trabajo diarios. O cómo el déficit ha pasado del 9,6% al 3% del PIB. O por qué no es lo mismo que el crédito a familias y pequeñas empresas cayera a plomo en 2011 a que ahora crezca mes a mes. Y que es diferente arrastrar un abultado déficit exterior que tener una balanza de pagos con superávit… Es la realidad de los datos.

Pero, quizá, lo más relevante de ese cambio radical, desde el borde de la quiebra a la renovada pujanza, es el detalle de excepcionalidad –de primera vez– con el que se vencen circunstancias tan desconocidas como adversas, con el tesón y la capacidad de resistencia como armazón principal. Fue la primera vez con cinco años de recesión; la primera vez que salvamos quedar incluidos en el grupo de países del sur de Europa bajo la marca del rescate-país. La primera vez que…

Pero igual que cuentan que hay idus de marzo, también debe haber una suerte de síndrome de las primeras veces que ha marcado el paso de Rajoy por la Presidencia del Gobierno. Cada circunstancia llegaba con el salto sin red de otra primera vez.

En 2014, por primera vez, la institucionalidad española tuvo que afrontar la abdicación del Jefe del Estado, el Rey Juan Carlos. Fue seguida por la ordenada proclamación de su sucesor, el Rey Felipe. Por primera vez tenemos cuatro reyes. Aquello salió francamente bien.

Un año después, por primera vez, el resultado de unas elecciones dejaba un “Parlamento colgado”. Tan es por primera vez que ni siquiera tenemos una expresión en español para definirlo; lo de Parlamento colgado es la traducción literal del hung Parliament. Significa, sencillamente, que no hay mayoría viable para formar Gobierno. O sea, lo que ocurrió. Y no tenemos una fórmula de rápida repetición de elecciones. Por primera vez, España tuvo durante casi un año un Gobierno en funciones, el de Mariano Rajoy, sin que esa anomalía dañara sustancialmente ni la recuperación económica en marcha ni la estabilidad del país.

Hubo más primeras veces en estos seis años y medio. Por primera vez, un sistema de banca pública que gozaba de la confianza de la gente del común implosionó por la pésima gestión y los abusos de representantes de lo público; por primera vez, fueron rescatados los ahorros de los depositantes españoles con ayuda europea, y -esto no por primera vez- esa letal experiencia no frenó el entusiasmo de la izquierda por la banca pública.

Por primera vez se repitieron las elecciones. Por primera vez, la investidura de un presidente necesitó de meses y de una tremenda crisis en el principal partido de la oposición. Sí, la crisis en el PSOE que se saldó con la dimisión de Pedro Sánchez, después renacido y hoy presidente del Gobierno gracias a que, por primera vez, una moción de censura tiene éxito en España.

La penúltima primera vez de estos años convulsos fue una buena noticia. Los asesinos de la banda terrorista ETA anunciaron, por fin, su disolución. La verdad es que la realidad disolvió todas sus criminales excusas hace ya muchos años, pero bienvenido sea.

Y la peor primera vez aún no está totalmente solucionada. Por primera vez, España afrontó un conato de secesión por parte de una comunidad autónoma, con la forma de golpe de Estado posmoderno. Por primera vez se puso en marcha un artículo de la Constitución que se consideraba tabú: el 155. Por primera vez eso se hizo con el acuerdo de los partidos constitucionalistas que están en desacuerdo en todo lo demás, y esa primera vez ya queda como modelo y advertencia para evitar más veces. También por primera vez, un Gobierno de España destituyó a un Gobierno autonómico en aplicación del 155. Por primera vez, están procesados por rebelión o sedición los impulsores del conato de secesión…

El síndrome de la primera vez tuvo su punto final con la votación de la primera moción de censura que sale adelante en España gracias a una coalición negativa contra Rajoy: a un Maura-no.

La del 1 de junio es esa primera moción de censura que ha salido adelante en nuestra breve historia democrática; la primera que cambia radicalmente el Gobierno; la primera que encumbra a un partido que perdió las elecciones, y la primera que parte en dos la legislatura. Una legislatura que, además, es la primera que afronta dos mociones de censura. Pero no es la primera vez que un presidente del Gobierno se ve forzado a dejar el cargo mientras continúa la legislatura. Ocurrió antes, a principios de 1981, con Adolfo Suárez.

En los días en los que se fraguaba la moción, volví a ver el vídeo de la dimisión del presidente Suárez (se lo recomiendo si son ustedes aficionados a los documentos audiovisuales de nuestra Historia reciente). Entonces, al presidente Suárez no le quería nadie. Días después, en el Congreso, mientras se votaba la investidura de su sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, Suárez se enfrentó a unos golpistas premodernos que irrumpieron en la Cámara; porque el golpismo puede ser premoderno o posmoderno, pero siempre es arcaico. Y la imagen de un presidente expulsado, pero que no se arredra, y se mantiene en su escaño por mucho que le zarandeen y vociferen “todos al suelo”, empezó a recuperar su prestigio. Empezó… pero aún tuvieron que pasar muchos años para que los españoles le reconocieran como al presidente más valorado de nuestra democracia.

Algo similar ocurrirá con Rajoy. El síndrome de las primeras veces, unido a un pertinaz tiro al blanco, al final, lograron doblarle el pulso. En el camino, no perdió ni la templanza, ni las buenas maneras, ni el sentido de la realidad. Y, al despedirse, pudo decir: “Ha sido un honor —no lo hay mayor— haber sido presidente del Gobierno de España. Ha sido un honor dejar una España mejor que la que encontré. Ojalá mi sustituto pueda decir lo mismo en su día. Se lo deseo por el bien de España”. Hubo quien, en un ya lejano 2011, no pudo decir lo mismo a despedirse.

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