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El lenguaje de la experiencia

Foto: Jorge Duenes | Reuters

Puede mirar a su alrededor y aguzar el oído. Probablemente haya alguien escuchando música cerca o, quizá, sea usted mismo quien lo esté haciendo delante de la pantalla del ordenador. Cotidianamente tarareamos nuestras canciones preferidas, buscamos aquellas que nos recuerdan momentos concretos del pasado e, incluso, algunas melodías pegadizas nos conquistan, despacito, sin piedad. Y éstas son las peores porque no quieren soltarnos jamás. Se trata de uno de los más apetecibles placeres para millones de personas. No podemos comprender nuestra evolución como especie sin la música, ya que es una historia escrita también con tonos y cadencias armoniosas. Nos cuesta entender que alguien sea incapaz de reconocer la música, como les sucede a los enfermos de amusia, o que haya quien considere que las melodías son peligrosas para la moral y la fe de la comunidad. Incluso, que un genio como Nabokov se aburriera con esa “sucesión arbitraria de sonidos más o menos irritantes” y solamente salvara un buen violín de la quema.

La música nos ha acompañado a lo largo de nuestro pasado. Eso sí, aún no tenemos muy claro cuál fue su principal utilidad biológica. Con toda seguridad, la clave principal es que somos un homo simbolicus, como le gustar enfatizar a Ernest Cassirer. En el origen quizá se encuentre, por tanto, un interés religioso y ritual, porque cualquier melodía es capaz de interrelacionarse con nuestras emociones de forma irremediable. La música es un poderoso símbolo y, como tal, nos hace presente siempre una realidad de otro orden. Nunca revela, sino que desvela. En cualquier caso, su potencial es ambivalente para bien y para mal. La música alimenta la esperanza y la celebración, pero en ocasiones también el odio y la violencia. Y es que no podemos olvidar que hay melodías que nos hablan a las entrañas.

El pianista austríaco Paul Badura- Skoda lo destacaba al recordar la Fantasía en do menor de Mozart: la música siempre es un lenguaje que comunica una experiencia y, en ocasiones, esas experiencias de vida y muerte son difícilmente traducibles a palabras. No olvidemos que, con frecuencia, los niños autistas o con dificultades de aprendizaje tienen menos problemas para comunicarse a través del canto. Para una inmensa mayoría, como recordaba metafóricamente Diane Ackerman, la música es el perfume del oído. La música colma nuestras necesidades interiores y suele trastornar nuestra comprensión de la memoria y el tiempo. El popular neurólogo Olivier Sacks en su trabajo Musicofilia narró la estremecedora historia de Clive Wearing, un director de orquesta que había perdido la capacidad de recordar más allá de los siete segundos por una encefalitis. Sin embargo, delante del piano Wearing parecía el mismo de siempre. Tocaba y recordaba cada una de las notas musicales que había aprendido a lo largo de su vida. Esta historia no es una anécdota más, es la prueba palpable de la capacidad de la música para transformarnos constantemente.

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