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El lenguaje de los sueños

Foto: JON NAZCA | Reuters

“Ya nadie sueña con la flor azul –anotó Walter Benjamin en 1925-. Si alguien hoy se despierta siendo Enrique de Ofterdingen, ha de ser sin duda porque se quedó dormido hace mucho tiempo”. Acudo estos días a los oficios de Semana Santa y se diría, en efecto, que el color sustantivo del pasado se ha ido tornando pálido y gris. Los símbolos religiosos permanecen en pie desprovistos de sentido, como iconos de un dios muerto. Es la tentación de la estrella matutina frente a la luz gastada de los días. El obispo recrea en su homilía los capítulos de la Pasión utilizando las brumas emocionales de la ficción: se inclina ante nuestra época. Los confesionarios se encuentran vacíos en la Catedral, ningún sacerdote se ha sentado en ellos. Dios ha muerto en la cruz y ese silencio se alarga como una sombra espectral que hace huir a los apóstoles. El Via Crucis presagia todas las derrotas que suturan la historia de la humanidad.

Y, sin embargo, “el lenguaje de los sueños no está en las palabras, sino bajo ellas”, observó Walter Benjamin: comunista, judío, alemán, místico, maestro del siglo XX. “El sentido –escribió- se esconde dentro del lenguaje de los sueños a la manera en que lo hace una figura dentro de un dibujo misterioso”. La caída de los símbolos desnuda también la cruz y la acerca a su sustancia primera. Nada hay aquí ajeno al hombre, ni el dolor encarnado, ni el temblor por la existencia, ni el vaciamiento de los dioses, ni esa esperanza real que se yergue contra toda esperanza.

“El sueño ya no abre una azul lejanía. Es que se ha vuelto gris -prosigue Benjamin-. La capa de gris polvo que hay sobre las cosas es su mejor parte. Los sueños son ahora, estrictamente, un atajo hacia lo banal”. Al salir de la Catedral empieza a llover, como si el agua quisiera limpiar precisamente las últimas ascuas de un crepúsculo morado. Los feligreses se saludan rápido y se marchan. Recuerdo un verso de Pound, What you depart from is not the way. Y entonces yo también me pongo a andar bajo el chaparrón, camino a casa, antes de que se haga de noche.

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