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El mito del origen

Foto: GABRIEL BOUYS | AFP

Uno de los problemas metodológicos para (intentar) comprender el procés es fijar cuándo empezó todo. Y para ese misterio no hay respuesta porque no hubo un principio único sino que a lo largo del tiempo se fueron solapando factores diversos. En este caso, pues, el mito del origen es sólo eso: un mito.

Vayamos a la prehistoria. Sirvámonos de la arqueología. Digamos que el modelo territorial, consensuado durante la Transición para dar forma al Estado de 1978, era un modelo abierto porque aquel fue un tiempo tenso y pragmático, pero precisamente por ello, porque el cambio democratizador estaba en movimiento, el modelo también era indeterminado y por tanto ambiguo. Y que el despliegue de esa ambigüedad, a la larga, podía acabar por crear una disfunción que desde hace demasiado está poniendo en riesgo el sistema entero. Dicha ambigüedad impactó con la realidad cuando, por vez primera, dos culturas políticas nacionalistas –el pujolismo, la aznaridad– se confrontaron en el poder. Y el intento más ambicioso por resolver dicha ambigüedad fundacional del modelo, adaptándolo a las nuevas coordenadas, fue la idea de reforma del Estatut que propuso Pasqual Maragall al asumir la presidencia de la Generalitat.

Pero desde muy pronto, fruto del liderazgo menguante de Maragall, la idea seminal del Estatut no fue articulada como solución compartida sino que actuó como acelerador de la competencia interna. La ponencia parlamentaria que lo redactaba, en lugar de ser el marco de profundización en un renovado consenso, incubó un afán de soberanización que era el trasunto de la rivalidad cainita entre Esquerra Republicana y Convergència i Unió. Allí germinó el procés. En su seno llevaba una semilla cuyo fruto sería la pugna por el poder local y el dominio del movimiento político central de la sociedad catalana. Las elecciones del 21 de diciembre, que se desarrollarán en unas circunstancias de indignante anormalidad institucional, ocultarán, otra vez, ese origen viciado.

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