María Jesús Espinosa de los Monteros

El mito real británico

«Fuentes de la Casa de Windsor aseguran que hay malestar por cómo se está retratando la relación entre el príncipe Carlos y Diana de Gales»

Opinión

El mito real británico
Foto: Netflix| Netflix
María Jesús Espinosa de los Monteros

María Jesús Espinosa de los Monteros

Apasionada de la radio, los podcasts, la literatura y el cine. Una vez hice una tesis doctoral sobre R. W. Fassbinder. También tengo dos Premios Ondas.

Dice Rafael Argullol en su último libro de conversaciones con Félix Riera –Las pasiones según Rafael Argullol, Acantilado- que «la verdad es una pasión puramente humana, un rasgo fundamental del hombre, una compleja invención que nosotros mismos nos hemos creado». Tal vez por ello haya tanta bandera enarbolada, tanta fatigosa lucha en pos de la verdad. «Buscar la verdad» es un lema repetido por economistas, políticos, filósofos. ¿También debería serlo por creadores?

La polémica en torno a la serie The Crown de Netflix con el estreno de su cuarta temporada ha sido manifiesta. ¿Por qué parte de la crítica debiera calificar una ficción como injusta o cruel si es, precisamente, una ficción y en ningún caso aspira a ser justa o benévola? La verosimilitud de la serie es tal que no son pocos lo que han afirmado que The Crown es, ante todo, una gran lección de Historia. ¿Realmente una ficción debe aspirar a la verdad histórica? ¿A cualquier tipo de verdad?

Fuentes cercanas a la Casa de Windsor han asegurado que hay malestar en la familia por cómo se está retratando la relación entre el príncipe Carlos y Diana de Gales. Creo que si el malestar existe es porque la versión es demasiado cercana a la realidad, a lo que «verdaderamente» pudo ocurrir. En cualquier caso y volviendo a Argullol, «en el momento que hablamos de nuestra verdad, hablamos también de nuestro mito, puesto que la verdad sólo puede avanzar a través de la memoria y lo que queda en la memoria es sólo un mito». Y si hay algún mito real ese es el de la reina Isabel II, interpretada magníficamente por Olivia Coleman en su inflexibilidad e inteligencia.

Estos «talibanes de la verdad» es mejor que no sepan nunca que los viajes a Sudáfrica, Sídney o las Bahamas fueron rodados en Andalucía, que el París-Dakar donde se pierde el hijo de Margaret Thatcher es, en verdad, el desierto de Tabernas de Almería o que la casa de Mustique de Margarita es una secuencia rodada en la Playa de los Alemanes de Cádiz.

Las deudas con la ficción deben ser siempre otras y, tal vez, debamos pedirle a las series de televisión -a los artefactos culturales- lo mismo que le pedía Léolo (el niño protagonista de la película de Jean-Claude Lauzon) al único libro que había en su casa: «No intento recordar las cosas que suceden en los libros. Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor, que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar».

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