Juan Claudio de Ramón

El movimiento y la campaña

«A menudo los movimientos son necesarios para agitar las aguas estancadas de un viscoso 'statu quo', pero siempre resultan tóxicos cuando intentan encuadrar a toda la sociedad»

Opinión

El movimiento y la campaña
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Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

De Arquímedes a Newton, pasando por los tratadistas medievales, el estudio del movimiento trajo de cabeza a toda la ciencia occidental durante siglos. Huelga decir que entender los fenómenos de traslación, aceleración y caída de los cuerpos tenía una poderosa vertiente práctica: era necesario para la creación de máquinas. De ahí que lo que era y es física, se llamara entonces y hoy mecánica. Tenía también un lado astronómico (el movimiento de los planetas) y moral (el del alma). Usamos la locución de motu proprio para significar: movido por uno mismo. 

Hoy el cambiar las cosas y personas de sitio lo decimos circulación, desplazamiento o transporte, y al decir movimiento pensamos primeramente en un movimiento político, cosa no tan fácil de definir. Cabría concebirlo como el intento organizado de modificar un aspecto ingrato o injusto del statu quo. Pero quedaría inexplicado entonces por qué los movimientos tienden a perpetuarse, incluso cuando la causa que los origina desaparece o pierde vigor. La razón es que los movimientos no tienen tanto objetivos como ideales. No persiguen un fin justo sino la propia idea de la justicia. Como su nombre sugiere, el movimiento no desea detenerse: ni quiere ni puede prever el horizonte de su propia desaparición. El infinito es su vocación. Sagazmente, el filósofo Eric Voegelin, que en vida vio nacer muchos movimientos de masas, y tuvo que huir de algunos, entendió que todos ellos, si bien decían luchar por causas distintas y aun contrarias, eran intercambiables en sus pautas de comportamiento, y que todos respondían a la estructura de lo que dio en llamar religiones civiles o seculares. Los movimientos son teología disfrazada. 

Al lado del movimiento político, el filósofo Richard Rorty nos sugiere poner el más modesto concepto de campaña política. Considero la distinción entre campaña y movimiento la más fecunda herramienta analítica para salir al paso de los mil  estériles y acerbos debates con que nos provee la política hoy. La expongo siguiendo a Rorty, que la desarrolla en su libro «Forjar nuestro país». Al contrario que el movimiento, una campaña sí tiene una meta clara, hacia la que moviliza y dirige todos sus recursos. Si para un movimiento siempre «queda mucho por hacer», para una campaña es posible saber cuando el objetivo se ha logrado y cuando todavía no. Sus fines son finales y si el fin es justo, es fácil que concite un apoyo transversal: personas muy diferentes entre sí, que en otros temas discrepan, pueden coaligarse para alcanzarlo. Es más fácil, por ejemplo, que todos o muchos nos pongamos de acuerdo en conseguir la legalización del matrimonio homosexual si dejamos de lado lo que cada uno crea de la gestación subrogada. Se sigue que el número de quienes militan en movimientos son siempre es menor que el número de quienes apoyan las campañas. Y así ha de ser si creemos en el pluralismo. Hay mucha más gente que puede estar de acuerdo en instituir el derecho a las vacaciones pagadas o en la necesidad de eliminar una discriminación de género bien localizada que la que desea hacer suyo todo el aparato doctrinal marxista o feminista o identificarse a sí mismo como marxistas o feministas. No pasa nada. Hay también mucha más gente que cree en la autonomía del individuo que la que se considera liberal, y mucha más gente que piensa que una elevada desigualdad es un problema que la que acepta llamarse socialista. O, tomando a otro movimiento muy noto en España, el catalanismo, es más fácil que haya un mayor número, dentro y fuera de Cataluña, que apoye la aprobación de un estatuto de autonomía que la que sancione como válido un victimismo vitalicio que cada día del año obliga a renovar las llagas. Como sostiene Rorty, «todo movimiento debe luchar para no triunfar del todo, y entonces, pasado un tiempo, luchar con el objetivo de no triunfar». O, como diría Jon Juaristi, aplicándolo al nacionalismo, seguir perdiendo para seguir ganando. Y eso, que es cierto de los movimientos, no es cierto de ninguna campaña. 

A menudo los movimientos son necesarios para agitar las aguas estancadas de un viscoso statu quo, pero siempre resultan tóxicos cuando intentan encuadrar a toda la sociedad. La izquierda es más útil cuando persuade a gente diversa de sumarse a una concreta campaña reformista, que cuando pretende o incluso prescribe que la gente asuma la teoría y los códigos lingüísticos de un movimiento transformador. El militante de un movimiento hace suya la frase que en leemos en el libro de Job: Militia est vita hominis super terram. La vida del hombre sobre la tierra es lucha. Es el tipo de persona que se ha persuadido de que todo debe cambiar para alumbrar una nueva y terrible belleza. El reformista que hace campaña se contenta con cambiar una cosa para que funcione mejor. Quizá dos cosas. Sabe que no vivimos en los campos elíseos pero tampoco ve necesidad alguna de convertir la vida en un perpetuo campo de Agramante.

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