Guillermo Garabito

El Mundial de Pedro Sánchez

Los nuevos gobiernos en España son como estrenar un verano con Mundial. Precisamente aquello que decía Ortega “porque nuestro tiempo es tan fuerte como posibilidad…” Todo son planes y optimismos acalorados en las vísperas y rápidamente se ve uno en las mismas que en el torneo anterior, de nuevo en casa y teniendo que dar explicaciones. La alegría de estrenar gobierno dura lo que dura un Mundial.

Opinión

El Mundial de Pedro Sánchez
Foto: Francisco Seco
Guillermo Garabito

Guillermo Garabito

Valladolid, 1992. Columnista en ABC CyL. Colaborador en Onda Cero Valladolid. Escritor sin café.

Estrenar un gobierno como se estrena un Domingo de Ramos, con palmeros y procesión, pero aconfesional. Estrenar el poder, que en el fondo se basa en pequeños detalles como poner tu nombre en el buzón de la Moncloa o en un chalet de Galapagar. El caso es estrenar. Lo que está realmente bien del poder es estrenarlo. Usarlo, cuanto menos mejor. A ver si se va a gastar. Lo importante es aparentar que se ejerce, pero sin mojarse demasiado. Aunque a Rajoy, que supuestamente lo había entendido muy bien, de no usarlo y delegarlo, se le acabó escapando.

Los nuevos gobiernos en España son como estrenar un verano con Mundial. Precisamente aquello que decía Ortega “porque nuestro tiempo es tan fuerte como posibilidad…” Todo son planes y optimismos acalorados en las vísperas y rápidamente se ve uno en las mismas que en el torneo anterior, de nuevo en casa y teniendo que dar explicaciones. La alegría de estrenar gobierno dura lo que dura un Mundial.

España anda ilusionada como sólo se ilusiona en veranos con Mundial. Es lo que tienen los gobiernos socialistas, que despiertan expectación aunque del anterior, como de muchos Mundiales, fuera mejor olvidarse. Pero así es España, nos gusta ilusionarnos por si acaso.

De este nuevo Gobierno de Pedro Sánchez, que parece una alineación para dedicar fotografías, el que más respeto me suscita es Pedro Duque. Un astronauta enfangado en asuntos terrenales. Pedro Duque, “qué subió a los cielos”. Sánchez ha nombrado algún que otro ministro de esos que podría haber nombrado el PP, con buen criterio. De esos ministros que en sí mismos resultan un pacto de Estado. De esos a los que rebatirles nada –sus proyectos o los dineros gastados en ellos– sería como echarle en cara algo a España. Con Grande-Marlaska y con Pedro Duque ocurre como si Sánchez hubiera nombrado ministro de Deportes a Rafa Nadal. Porque el día que la oposición los critique será como tirarse los trastos a sí mismos. O peor, a España entera.

Los gobiernos recién estrenados, como la selección, siempre lo tienen todo ganado según los expertos. Por eso, como mucho, jugando sólo pueden aspirar a perderlo. Y Pedro Sánchez tiene que aprender eso. Quiere arreglar España haciéndola un Estado Federal, que viene a ser convertirla en reino de taifas que no entienden ni ellos.

Con los gobiernos, como con los Mundiales, se ilusiona uno cada cuatro años. Y generalmente se desilusiona igual de rápido, porque después del Mundial y del verano habrá que hacer algo con el Gobierno, con España y con la vida.

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