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El mundo de mañana

Foto: Gogo Lobato | AP

Un axioma nos brinda el marco. Digamos que a toda revolución le sigue algún tipo de respuesta política. Técnicamente es lo que llamaríamos “reacción”. Pongamos un ejemplo: para el historiador John Lukacs, Chamberlain pensaba y actuaba como un conservador, porque todavía se guiaba por las líneas maestras de un mundo que creía ordenado. Churchill, en cambio, era un reaccionario; menos, seguramente, por sus ideas que por su proceder: su acción se dirigía directamente en contra de las fuerzas totalitarias que emergían en medio de la civilización occidental. Nuestra época dista del periodo de entreguerras, pero sufre también una superposición de movimientos tectónicos: la globalización frente al proteccionismo nacional, el retorno de los nacionalismos frente al empeño pacificador de la Europa de postguerra; la fractura social y el declive demográfico, las olas migratorias y el eclipse de los valores tradicionales; la revolución tecnológica, que transforma el horizonte de oportunidades del hombre, y nuestra forma de relacionarnos con los demás; la geografía de las ciudades de éxito que allana el mundo rural; las nuevas ideologías que definen con un rigor amenazante el nombre de sus enemigos; la pérdida de legitimidad de las instituciones liberales y el final de la era burguesa que coloreó durante siglos el clima moral y estético de Europa…

A la revolución –a las revoluciones, mejor dicho– les sigue un mundo sin estabilidad, fragmentado, que pugna por algún tipo de ordenamiento. De ahí que los populismos tengan casi por definición carácter constitucional, en la medida que aspiran a un nuevo orden que sustituya el antiguo. Si Podemos rompió los equilibrios de la izquierda y el independentismo dinamitó el gran pacto autonómico, ahora ha surgido con Vox una fuerza política a la derecha del PP, desligada de los complejos de la corrección política. Los tres movimientos representan variantes del malestar social de quienes no se sienten representados por los partidos tradicionales y aspiran a romper el consenso conseguido en Europa por socialdemócratas y democristianos. La confrontación es consecuencia natural de la ruptura de los diques. Lo estamos viendo en Europa, lo vemos en España. No hay revolución sin reacción. Los resultados en Andalucía anuncian grandes cambios en la política española. Inquietantes, sin duda.

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