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El mundo es un bazar

La mejor definición de liberal que conozco la leí en algún lugar atribuida a Stendhal: “Un liberal es alguien que no se enfada por las manías de los demás”. Pues bien, en las últimas semanas un bañador que cubre de la cabeza a los pies, el llamado burkini, que algunas mujeres musulmanas portan como atuendo a la playa, ha puesto a prueba el liberalismo de los europeos.

El debate ha sido altamente informativo del estado de cosas en Europa. Y aunque uno estaba predispuesto a conceder que había razones tanto para la prohibición como para la tolerancia, se ha echado a faltar algo de sutileza: se puede admitir el uso del burkini y no ser un frívolo relativista multiculti, de igual manera que se puede abogar por su prohibición sin ser un racista islamófobo.

Porque todo depende de la concepción de sociedad que se tenga. Llegaremos ahí, pero antes una nota histórica: la decisión de los europeos de privatizar la religión en sus Estados fue favorecida por el hecho de que catolicismo, iglesia ortodoxa y cultos protestantes eran variaciones sobre un mismo tema. La implantación de constituciones laicas dejó en la penumbra el dato de que Europa era, a fin de cuentas, culturalmente homogénea. Al ser su cultura lo primero que meten en su maleta, los inmigrantes quiebran esa homogeneidad. Ya no contamos con la ventaja de ser todos, tácitamente, cristianos secularizados.

Estemos en claro: no todas las “manías” de las que habla Stendhal son permisibles a ojos de un europeo. En contra de lo que a veces ingenuamente se cree, el liberalismo político no es una doctrina solo formal, una que no abraza ninguna concepción sustantiva la vida buena. Hay un núcleo normativo que debe defenderse y en su centro está el valor de la libertad. Fue Kant quien hizo descender esta divisa del cielo para apresarla en la más usadera categoría de “autonomía de la voluntad”. Así, el aparato jurídico europeo toma mil precauciones para asegurarse de que las decisiones importantes de los ciudadanos son libres e informadas. La primera señal que de que el consentimiento no es libre es la presencia de violencia, intimidación o coacción física. Esa es la piedra de toque: la violencia es intolerable y explica las excepciones de orden público a la tolerancia liberal.

Ciertamente, “libre” no significa lo mismo en derecho que en sociología o neurología. Se ha dicho que las mujeres que llevan burkini, o, en general, las tocadas por un pañuelo islámico, no son libres aunque no lo sepan. Es posible. Pero ese es un juicio arriesgado, que atribuye a todas las mujeres veladas una conciencia postiza.

Fue Marx el primero que habló de falsa conciencia: tampoco para él los trabajadores asalariados, alienados como estaban, eran libres; vivían explotados supiéranlo o no, derivando de ese dictamen las instrucciones para su emancipación que todos conocemos. Más tarde, la izquierda de la II República española se posicionó contra el derecho de sufragio femenino con el mismo argumento: las mujeres españolas de la época no eran libres, y votarían lo que el párroco o marido les dictara.

Hoy esta desconfianza socialista hacia obreros asalariados y mujeres casadas nos parece estrafalaria y equivocada. Y sin embargo, ni siquiera importa si se tiene o no razón en este debate. La discusión sobre cómo la presión social erosiona la libertad, o sobre los límites del libre albedrío a la luz de los hallazgos de la neurología, es un tema inmenso, pero no es fecundo para la discusión que nos ocupa. Al derecho, la ciencia que regula las relaciones humanas desde hace 5.000 años, le basta con saber si ha habido o no coacción física y si alguien más se ve lesionado por esa decisión. Si la respuesta a ambas preguntas es no, debe primar la autonomía.

¿Y la igualdad? La igualdad importa también. Por eso Europa prohíbe, sin disputa o duda posible, el matrimonio polígamo o el repudio como algo equivalente al divorcio. Pero cuando lo hacemos, no nos guiamos por nuestras convicciones liberales, sino por el ideal democrático, que no consiente situaciones de subalternidad en la ciudadanía.

Así, liberalismo y democracia son como trama y urdimbre de nuestro tejido político. Y es caso por caso, sin apriorismos, como hay que evaluar en qué medida una práctica cultural inédita vulnera estos dos principios rectores. En caso de duda, que es lo que nos suscita a la mayoría el uso del burkini, vence la tolerancia.

En los mismos días en que en Europa se discutía si las mujeres podían o no ir tapadas a la playa, en Canadá se autorizaba el uso del hijab para las mujeres de la Real Policía Montada. Un paso más en la creación de una sociedad inclusiva allí, donde el nuevo ministro de defensa luce un vistoso turbante sij; un paso más hacia la histeria aquí, dentro del cuadro de síndrome de las invasiones bárbaras que venimos padeciendo.

Termino con una alegoría filosófica. La usaba el filósofo político Richard Rorty para defender la configuración que él creía más razonable para nuestras sociedades modernas y pluralistas. Rorty, que se definía sin complejos como un liberal burgués y etnocéntrico, pensaba que podemos pensar el mundo moderno como un bazar kuwaití rodeado de clubs ingleses. Pasamos el día negociando en ese bazar, pegando la hebra con gente que no comprendemos y que seguramente no nos gusta. La adhesión de todos a unos pocos principios bien escogidos de justicia procedimental nos basta con convivir. Por la tarde nos retiramos a nuestros clubs para criticar el comportamiento de esas personas maniáticas que nos son ajenas. Y es en esa mezcla de narcisismo privado y de pragmatismo público donde está el equilibrio aceptable y beneficioso. Los artículos más honestos y congruentes que he leído a favor de la prohibición del burkini son aquellos que dejan traslucir el deseo de que Europa sea más un club con valores comunes que un bazar con reglas de convivencia. No se trata de defender a las mujeres veladas, sino de defendernos a nosotros mismos.

Personalmente me sitúo en un punto intermedio, porque creo que el trato continuado en el bazar presionará a favor de la convergencia en torno a los valores más prácticos y ensanchadores de nuestras posibilidades. Si los europeos acudimos cada día al bazar a tender en nuestra alfombra nuestra más valiosa mercancía (igualdad de género, goce del cuerpo, en este caso) es seguro que nuestra atractiva oferta dejará poco a poco sin demandantes en el mercado de estilos de vida a otros productos culturales desfasados y limitativos: La libertad, cuando se prueba, no se abandona. Si, por contra, obligamos a comprarnuestra tabla de valores a empellones policiales, el efecto puede ser perjudicial. Fue un revolucionario francés quien advirtió que ningún pueblo extranjero da la bienvenida a misioneros armados. Sospecho que a las mujeres tampoco les gusta que se las emancipe a base de multas.

 

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