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El opuesto

Foto: Rene Böhmer | Unsplash

Él era hombre. Yo soy mujer. Él vivía en Barcelona, yo vivo en Madrid. A él le apasionaba la ciencia desde niño. A mí me aburría mortalmente. Él estudió física fundamental. Yo me fui por las letras, pero nada de fundamento, no, periodismo, lo más light del mundo. Él leía vorazmente. Yo me negaba a leer. Él llegaba tarde a todas partes, pero cuando digo tarde, es un par de horas tarde, tres horas tarde, cuatro horas tarde, dos días tarde, si es que era capaz de llegar. Yo soy una obsesa de la puntualidad, una fanática de llegar temprano y tengo tal miedo a perder un tren o un avión que prefiero acampar en el aeropuerto varias horas antes. Él perdía trenes y aviones como si la fuerza de la gravedad le obligase a quedarse agarrado a la tierra donde tenía su vida, sus objetos, su interés y como si los billetes no le costaran dinero -que durante años no le costaron porque era controlador aéreo, pero luego ya sí le costaban y perdía los aviones igual-. Yo le he esperado siempre. Él no me ha esperado jamás. Él no preparaba los exámenes y suspendía. Yo estudiaba con varias semanas de antelación y sacaba notas excelentes. A él le fascinaba el ajedrez, a mí me causaba aburrimiento y frustración. Si la abuela nos daba cien pesetas, él se las gastaba al día siguiente en petardos que compraba en la tienda de chuches del Cipri. Yo ahorraba las propinas de tías y abuelas hasta llenar la hucha de billetes y al final me convertía en su prestamista cuando me decía con toda la pena y esa carita tierna: “por favor, déjame dinero, que quiero comprar un cohete de cinco duros, a ver si logro que cruce el río”. Yo le quería, me ablandaba y le prestaba el dinero, como hacemos los familiares blandos con los manirrotos. El cohete de cinco duros se convertía en tres préstamos más, porque hasta el cuarto lanzamiento, el niño no lograba ajustar la trayectoria para que el proyectil cruzase el río Manzanares hasta estrellarse contra los carrizos de la otra ribera. No lo hacía por gamberrada, sino para estudiar la física del asunto. Se gastaba el dinero a espuertas por pura ciencia, por puro placer, por pura inmediatez, como si no hubiera futuro. Era tierno, cariñoso, bueno, protector. Yo era seria y enfadada, arisca, de ceño fruncido. Él tenía amigos, cientos de amigos por todas partes y salía, salía mucho, era gregario dentro de su absoluta timidez. Yo siempre andaba descolgada, casi no tenía pandilla, así que me pegaba a él para no quedarme sola los fines de semana.

Crecimos. Forjamos nuestras profesiones. Él vivía solo, sin hijos, sin nadie. Yo no puedo ser más familiar. Él no hacía planes. Yo siempre tengo más de un plan. Él era de ciudad, urbanita, de centro. Yo soy completamente de campo, de extrarradio, de jardín. Él era depresivo y se hundía en la negra melancolía y yo soy feliz hasta cuando lloro. Él quería ser escritor y yo no.

Éramos dos opuestos totales, absolutos, radicales, que sin embargo se construyeron mutuamente por alejamiento y oposición, por reflejo y competencia, por evitar ser como el otro o por demostrarle al otro de lo que éramos capaces. Éramos físicamente idénticos hasta el punto de que la gente nos preguntaba si éramos mellizos o gemelos o acaso, si no seríamos la misma persona en su versión hombre y su versión mujer.

La simetría del universo establece que toda partícula tiene su antipartícula y se sabe que entre ellas se aniquilan al unirse. Él era mi antipartícula, unidos por la cuerda cada vez más tensa de la familia, la genética y la madre, pero nos manteníamos lejos, a enorme distancia, para no anularnos con nuestra oposición.

Mi hermano era el otro yo que no fui. Yo era lo mismo para él. Ahora él ha muerto de golpe, tras años de soportar la depresión y la fragilidad. Yo estoy viva, llena y más fuerte. Sé que él seguirá ahí, siempre, en la sombra, en la sombra de la sombra, mostrándome el camino a la luz con las huellas de su escapada.

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