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El origen deportivo de la discordia

Durante un tiempo suscribí el tópico de que la liga de fútbol contribuye a encauzar las bajas pasiones políticas que, distraídas de la querella partidista, afloran bajo la forma más benigna de efusiones deportivas. La lucha futbolística sería entonces un sustituto sedante de otros odios, conforme al mecanismo freudiano de la sublimación: instintos primarios que son incompatibles con la convivencia se transforman en actividades ritualizadas, controlables y socialmente admitidas. Por ejemplo, patalear de gozo o de rabia en un estadio o delante de la televisión.

Últimamente sospecho que las cosas son exactamente al revés: Lo deportivo no es el agente vicario de la política, sino el genuino foco de irradiación de la discordia, que se traslada después a la vida pública. No una válvula de escape, sino la propia llama que eleva la temperatura de todo el sistema. Es algo que se me hizo evidente durante la fase más aguda de los duelos entre Real Madrid y Barcelona, cuando ambos equipos contaban con los entrenadores –insufribles cada uno a su manera– más famosos del mundo. Ningún político, me dije, podría inducir semejante grado de desquiciamiento. Fue entonces cuando, al verme yo también desquiciado, decidí purgar el veneno de mi cuerpo y dejar atrás, no sin esfuerzo y alguna recaída, al hincha iracundo y verecundo que durante años fui. Mi indiferencia ante los triunfos de un equipo y las derrotas de otro no es tan absoluta como me gustaría, pero voy mejorando.

Ahora entiendo que es una tontería suponer que el deporte pueda no estar mezclado con la política. Porque si el deporte es competición deportiva, en pos de algo ajeno al disfrute como es la victoria, y si la política es competición partidista, esto es, liza por ocupar los ventajosos puestos de poder, entonces deporte y política son la misma cosa o brotan, al menos, de la misma vena: el deseo de autoafirmación por encima de otro. Queda, quizá, la luminosa perspectiva de que persista en el mundo la posibilidad de un deporte no competitivo o anagónico –es decir, desprovisto de agón o cariz de disputa– en la que el propio placer, y no el patético querer ganar, sea el fin del ejercicio (Sánchez Ferlosio, a quien sigo en esta reflexión, pone el ejemplo del gozoso lanzarse en trineo de su infancia). Y, en consonancia, la posibilidad también de una política que todavía se creyera ser administración y mejora de las cosas comunes y no lucha entre facciones. En un ensayo indolente y descarriado, Ortega y Gasset teorizó el «origen deportivo del Estado» pero lo cierto es que los modernos Estado pluralistas solo podrán darse si conseguimos aplacar los demonios deportivos que invaden la vida pública.

Por desgracia, lo que ocurre en nuestro país provee de nuevas pruebas de hasta qué punto el ethos del deporte agónico permea y ahorma la política moderna. No hace mucho, un indepe me ofrecía con candor esta cala en la mentalidad soberanista: «Siento que la independencia está tan cerca que a veces preferiría no seguir adelante: la perspectiva del fracaso me abruma. Es como si hubiera una final de Copa de Europa entre Madrid y Barça: la angustia de poder perderla no compensa el subidón de poder ganarla».

El nacionalismo no hace política, hace fútbol. O hace de la política fútbol. El indepe quiere que su equipo gane, eso es todo. La estelada es la bandera de ese equipo, que por un malentendido ha llamado «Catalunya» ; es una bandera, por tanto, deportiva, y nunca ondeará tan justamente como en un estadio. La euforia bélica con la que se celebraría la independencia no se distinguiría en nada de una masiva rúa al día siguiente de la conquista de la Champions. El humor depresivo si no se alcanzara la meta sería el mismo que tras perder una final. La manera furibunda con que se niegan o inventan los hechos en la discusión es la misma manera en que se reclama un penalti o se aduce una conspiración arbitral. Y como cualquier otro hincha, el indepe se vuelve una persona normal y razonable cuando se olvida de que su equipo está jugando. Esos momentos de tregua serán cada vez menos: los que quieren que su equipo sea más que un club, harán de su país un mero equipo de fútbol, con los ciudadanos en el triste papel de tropa acantonada en el campo de Marte, a la siempre espera de poder canjear sus ansias de campaña por la efímera embriaguez del día del Triunfo.

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