Jordi Amat

El oro de Moscú

"En la tribuna de oradores, como en tiempos de los procuradores, ya se habla de golpe de estado como se hacía durante la dictadura"

Opinión

El oro de Moscú
Foto: Juan Carlos Hidalgo
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

El último capítulo de La estirpe del camaleón –el estudio sobre la historia política de la derecha en España que ha escrito Julio Gil Pecharromán– está dedicado a la aznaridad. Algunas de sus páginas más interesantes son las que sistematizan al rearme ideológico del Partido Popular desde el momento que llegó al gobierno. Este profesor de la UNED enumera las tres principales patas sobre las que se refundió esta nueva cultura política del poder: la implementación del concepto de patriotismo constitucional, la difusión del pensamiento neocon y una reelaboración de la historia contemporánea de España. Durante los años centrales de la primera década de nuestro siglo, con Zapatero ya en La Moncloa, este discurso se convirtió en munición para atacar al gobierno socialista y desde las terminales mediáticas de la reacción –donde brillaba, como un noble mirlo blanco, Cayetana Álvarez de Toledo– se usó de manera tan beligerante y brutal que acabó por sabotear consensos básicos del Estado del 78 al propulsar un renacimiento progresivo del peor nacionalismo español que se afirmaba por oposición excluyente a los nacionalismos periféricos. En ese momento y en ese magma protofascista se engendró a Vox.

La clave de dicha reelaboración histórica fue la actualización del discurso franquista sobre la Segunda República y la guerra civil. Desde esas engrasadas terminales mediáticas, que contaban con medios de comunicación y editoriales a su servicio, se difundió de nuevo la explicación contrarrevolucionaria de nuestro pasado más trágico. Esa explicación, sin reconocimiento alguno por parte de la academia y que ni que fuera por vergüenza había quedado silenciado durante la Transición, se ensambló a una determinada visión de la nación y del Estado y, por tanto, de la tecnoestructura del poder español. La que ahora, por cierto, se siente amenazada. El éxito de ese revisionismo fue tan potente que aquello que ya solo parecía ceniza se descubrió que aún eran brasas dispuestas a quemar: el macizo de la raza, al escuchar la versión de la guerra que les habían contado y que desde hacía décadas no tenían quien se la escribiera, se compactó a través de las batallas culturales que se escupían desde las ondas y que llenaban el Paseo de la Castellana. La madurez de ese magma ya tiene altavoz en el Congreso. En la tribuna de oradores, como en tiempos de los procuradores, ya se habla de golpe de estado como se hacía durante la dictadura. Vuelven a sonar, como en los días más totalitarios del franquismo, las monedas del oro de Moscú.

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