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El pacto y el cuento

"Unas segundas elecciones me parecían terribles para España. Ahora, unas terceras no son el peor de los horizontes"

Foto: Inma Mesa | EFE

Una de las historias más emotivas que cuenta Tiempos recios, la última novela de Vargas Llosa, es la caída en desgracia del doctor García Ardiles. Tras el golpe de Estado que derroca a Jacobo Árbenz, la vida civil del veterano doctor se desdibuja: pierde su puesto en el hospital, a los pacientes de su consulta privada y muy pronto todo lo demás. Pero su ánimo no termina de hundirse hasta que ve por televisión el homenaje que el nuevo presidente de la República, Castillo Armas, recibe en su visita oficial a los Estados Unidos. Ante las enardecidas loas al valor y dignidad del golpista, el doctor queda irremediablemente desolado, y en su abatimiento se pregunta si la historia no sería acaso «una fantástica tergiversación de la realidad». Hay una profunda verdad humana en esta historia: sí, las afrentas duelen, pero nada es más hiriente que observar con impotencia la red de mentiras que tejen a su paso; los cuentos que el mal ingenia para inhumar sus vergüenzas duelen tanto como el propio mal.

Tras el pacto firmado con Podemos y las negociaciones abiertas con ERC, los editoriales, aterrados, conjeturan sobre qué hará el nuevo gobierno. Yo, sin embargo, ando más inquieto pensando en qué contará, qué retahíla de ficciones nos obligará a creer para explicar sus cesiones. Con la máquina de propaganda en marcha, ya asistimos a la rápida reescritura del pasado. Por eso me atrevo a conjeturar que el pacto con Esquerra se firmará con la sangre del Estatut. La alianza tratará de enmendar aquella afrenta que, según el nacionalismo y los opinadores más desinformados, está en el origen de nuestros males. La culpa fue, cómo no, de quienes presentaron el recurso y del tribunal que juzgó y dictó sentencia. Esta nueva alianza entre el PSOE y ERC servirá para enmendar aquel error. Una vez más, se sancionarán los métodos del nacionalismo, sí, pero se reconocerán sus motivos y se legitimarán sus aspiraciones. Entraremos en la secuela del Estatut que, como todas las secuelas, respeta el eje de la primera entrega: la santa alianza entre PSOE y nacionalismo frente a la derecha reaccionaria.

Los nacionalistas finos ya andan removiendo sus sopas Julianas para encajar la discusión en este pernicioso marco conceptual, según el cual, la derecha se opuso al Estatut, y ahora al pacto, porque no acepta la pluralidad de España (ya saben, son los malvados que recogieron firmas «contra Cataluña»). De esta manera, pretenden vender como una cuestión de reconocimiento cultural lo que, en realidad, es una disputa de soberanía. No se engañen, no se dejará de hablar de falta de empatía hasta que se consume esta cesión de soberanía. En otras palabras: hasta que no se confirme la desigualdad, los nacionalistas no se darán por reconocidos.

Ojalá me equivoque y el pacto no llegue a consumarse. Hace unos meses, la perspectiva de unas segundas elecciones me parecía un escenario terrible para España. Ahora, sin embargo, la posibilidad de unas terceras no es el peor de los horizontes. En todo caso, antes de defendernos de sus actos, debemos empezar a defendernos de sus cuentos. Nos quedan las palabras clarividentes del doctor García Artiles que, en su triste cavilar, se preguntaba: «¿Ese circo de farsantes eran los héroes que los pueblos reverenciaban?».

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