Jordi Bernal

El padre Apeles, Rufián, Ed Wood y los zombies

El vampiro eclipsado por un zombie. A manera de ficción ha sucedido hoy que la necrofilia social ha preferido George G. Romero al gran Martin Landau. En twitter, sin ir más lejos, los panegíricos se dedicaban al maquillaje tosco y al gore de pintura por encima de aquel lirismo triste, solitario y final del anciano yonqui encuadrado por el poeta peor pero sublime en un jardín devastado.

Opinión

El padre Apeles, Rufián, Ed Wood y los zombies
Foto: Toni Albir
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

El vampiro eclipsado por un zombie. A manera de ficción ha sucedido hoy que la necrofilia social ha preferido George G. Romero al gran Martin Landau. En twitter, sin ir más lejos, los panegíricos se dedicaban al maquillaje tosco y al gore de pintura por encima de aquel lirismo triste, solitario y final del anciano yonqui encuadrado por el poeta peor pero sublime en un jardín devastado. Guillermo del Toro declaraba admiración por el director de pelis de sustos y lo encumbraba como creador célebre de subgéneros góticos o así. Perfecto.

No comparto el gusto por ese cine con monstruitos levantándose de la tumba. Sin embargo cuento entre mis pelis preferidas del metacine –estupendo me pongo- el Ed Wood de Tim Burton. Pocas veces se ha expresado tan bien la adicción al arte, el empeño y la voluntad por encima de las posibilidades y el talento, la ilusión descorchada y desconchada, la amistad bendita y el punto de rareza (frikismo) que esconde la manía de encerrarse del mundo todo alienándose en ficciones fantásticas.

Pero si hablamos de zombies y delirantes, nada como esa lucha en el barro que protagonizaron el padre Apeles y Gabriel Rufián en un canal de televisión cualquiera y en una noche terrorífica. Discúlpenme, pero mi vida vampírica de fin de semana me lleva a frecuentar inmundo tugurios catódicos. No los recomiendo, pero sin lugar a dudas devuelven a modo de eco de gritos histéricos la realidad de un tiempo y un país. Ahí estaban en pantalla el cura dicharachero y el ágrafo diputado desgañitándose sobre el Valle de Los Caídos. Poco importa que el de la sotana defendiera una supuesta intención reconciliadora en el hórrido monumento y que el engolado engominado aprovechara la ocasión para soltar la enésima baba progre de tópicos desinformados. Lo peor de todo es que un cargo público catalán ya solo sirva para despanzurrarse, cual Gil y Gil, en el jacuzzi burbujeante de una tele que antaño exhibía a las estupendísimas Mamá Chicho y hoy tiene a un tal Jorge Javier Vázquez de vedette mayor.

Lo dicho: los feos y zafios zombies eclipsando siempre a los sublimes y sensibles vampiros.

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