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El país más tonto del mundo

"A la vista de que la gran coalición entre PSOE y PP, es de manera evidente, la única viable, no se escatiman esfuerzos en hacernos creer que es indeseable"

Foto: Inma Mesa | EFE

En España no habrá gran coalición esta vez ni nunca. El columnista de opinión tiene que saber deportivamente cuando sus esfuerzos de arbitrista han sido derrotados. Así que prometo –es un decir– no volver a dar la murga el año que viene con la necesidad de que PSOE, PP y Cs se pongan de acuerdo de una santa vez en abrir un periodo de colaboración transversal, que saque del marasmo las reformas pendientes, serene el debate público y cierre el surco cada vez más hondo que nos separa a los españoles. 

Pero sí espero del lector paciencia suficiente para que me permita explicar por qué no me persuaden los argumentos de tenor científico que se pretextan para rechazar la única opción sensata en la actual coyuntura. Porque a la vista de que la gran coalición entre PSOE y PP, es de manera evidente, la única viable, no se escatiman esfuerzos en hacernos creer que es indeseable. El argumento más socorrido es el de que estas fórmulas de gobierno dejan el campo de oposición a los extremos, que aprovechan para crecer. Es una lógica que no entiendo. ¿En qué mármol está escrito que los extremos crecen siempre en la oposición? ¿Acaso crecerían menos en el gobierno? Todo parece derivarse de una extrapolación del caso alemán, donde Alternativa por Alemania ha subido en intención de voto a la sombra de sucesivas große Koalitionen. Se soslaya así a) los beneficios que ha traído a Alemania la política de concertación interpartidista y b) que el populismo alemán habrá crecido pero sigue sin gobernar. 

Hay otro argumento: que las políticas de entendimiento entre izquierda y derecha alteran el código binario de la democracia; este exige, al parecer, confrontación partidista. ¿Pero no existen acaso modelos de democracia consociativa, aptos para países que atraviesan momentos de profunda división? En general, es fácil estar de acuerdo con que la coalición entre rivales no ha de hacerse por costumbre: defrauda la expectativa de alternancia. Pero sucede que olvidamos que la política, la buena política, es mucho más arte que ciencia: no conoce leyes uniformes, sino aplicaciones particulares del principio de la prudencia. Y la prudencia sabrá siempre distinguir entre momentos ordinarios de la vida en común, cuando el pluralismo compite, y momentos extraordinarios, cuando la pluralidad debe reagruparse. Es decir: ¿estaríamos ahora peor si en 2016 PP y PSOE hubieran pactado? ¿Habría sido el otoño de 2017 un episodio traumático? Por lo demás, se evitó la gran coalición y resulta que los extremos han crecido igualmente. Más: el PSOE lleva años pregonando la necesidad de reformar la Constitución: ¿cómo quiere hacerlo sin ofrecer un  momento de tregua al PP?

No nos engañemos: España lleva años comportándose como el país más tonto del mundo. Un país que teniendo a mano una solución limpia a sus problemas de gobernabilidad, se busca pretextos para no hacerlo y frustrar así su enorme potencial. Por una razón y solo por una: por sectarismo. 

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