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El pálpito liberal. Francisco García Pavón en su centenario

Foto: Centenario Francisco García Pavón

Celebramos casi siempre los aniversarios de los escritores cuando sus obras han quedado injustamente olvidadas por el paso del tiempo. En estos casos conviene recordar que la mejor manera de homenajear a un autor es leerlo y releerlo e incitar a otros a hacer lo mismo. Suele ocurrir que la liturgia que acompaña a estos eventos queda reducida muchas veces a banales rituales, en los que ni se contempla la difusión de la obra ni la invitación a su lectura.

Viene esto a cuento porque en 2019 deberíamos celebrar de la manera arriba sugerida el centenario del nacimiento de Francisco García Pavón (Tomelloso, 1919 – Madrid 1989), un autor que llegó a ser popular con las novelas policiales protagonizadas por Manuel González Plinio, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, y por don Lotario, su ayudante. Estos libros, que fueron best-sellers al final del franquismo, para caer luego en una amnesia colectiva en la democracia, conservan hoy, al gusto del que suscribe, intacto el encanto y el acierto de sus historias y, aunque han pasado cincuenta años, el humor y el juicio de sus protagonistas siguen deslumbrando.

A través de sus personajes, Francisco García Pavón desarrollaba su sentenciosa filosofía, una sabiduría de raíces populares, en la que se mezclan lo estoico y epicúreo

Entre el año 1965, cuando apareció Los carros vacíos, el primer libro de Plinio, y 1981, en que se editó El hospital de los dormidos, el último de la serie, Pavón publicó una quincena, entre novelas y cuentos, en los que Plinio desplegaba su intuición y perspicacia para resolver crímenes, ayudado por lo que el propio personaje identifica como el “pálpito”. Paralelamente, en cachazudas y divertidas conversaciones de sus personajes, desarrollaba su sentenciosa filosofía, una sabiduría de raíces populares, en la que se mezclan lo estoico y epicúreo, atenuados por el sentido común. Con novelas como El reinado de WitizaEl rapto de las Sabinas y Las hermanas Coloradas, ganadoras las tres de premios y distinciones, reinventó, de manera muy hispánica, un género novelístico de éxito internacional, que estaba prácticamente inédito entre nosotros. Sus modelos literarios bien pudieron ser los personajes de Conan Doyle, un poco menos los de la “novela negra” y, sobre todo, el Maigret de Georges Simenon, pero Plinio no fue un simple remedo. Hoy me parece incontestable la originalidad de su proyecto novelístico, aunque, ni al autor ni a su obra, le perdonarían nunca haber aparecido antes de la muerte de Franco, tener éxito y romper el guion del antifranquismo maniqueo. Dicho de otro modo, la transición democrática no le hizo justicia a su obra, que sería menospreciada por el establishment cultural, acusándola incluso de contemporizar con el Régimen de Franco. Sin embargo, en el actual auge de la novela criminal en España nadie ignora su influjo benefactor, aunque pocos tengan la nobleza de reconocerlo.

 

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García Pavón observa un dibujo realizado por Mingote de su personaje Pilino. | Foto: Centenario Francisco García Pavón

 

La novela policial de García Pavón tiene un marcado carácter rural; todas las historias trascurren en el populoso pueblo manchego de Tomelloso, una agro-ciudad, como hoy se dice, y en las villas y paisajes limítrofes. La gran ciudad, Madrid casi siempre, es una referencia lejana, con la única excepción de Las hermanas coloradas, que se desarrolla en la capital. Es algo de lo que el propio Plinio se jacta, cuando se define como “un policía sin glamour en un lugar sin chiste”. En cualquier caso no sería justo tildar de costumbristas estos relatos como a veces se ha hecho. Por ejemplo, Vázquez Montalbán las tachó de “costumbrismo manchego”, y no debió de encontrarlas lo suficientemente “progres” para ingresarlas en su parnaso particular. Pero, si la elección de Pavón hubiese sido el costumbrismo, habría que aceptar que el suyo sería singular, porque evitó la autocomplacencia “nacionalista” y el elogio fácil del terruño. Además, los personajes de estas novelas, las gentes de Tomelloso, los emigrantes que vuelven al pueblo o los turistas que irrumpen en la cotidiana tranquilidad del pueblo, representan, cada uno a su modo, el proceso modernizador que desde finales de los cincuenta y sobre todo en los sesenta experimenta España, una modernización propia de la época del desarrollismo, que, con sus contradictorios efectos, habría llegado también hasta La Mancha. Son los personajes de Pavón, gente a veces lastrada por atávicos hábitos, que no obstante aceptan con mayor o menor convicción los profundos cambios sociales y económicos que se están produciendo. El propio don Lotario es víctima y abanderado de esa modernización. Víctima, porque, como veterinario, la irrupción del tractor lo ha jubilado precipitadamente al quedarse sin mulas, mulos y burros que atender. Pero, al mismo tiempo, asume la modernización, que le libera del trabajo y le permite colaborar con su admirado compadre Plinio. Además pone al servicio de este su “seiscientos”, tótem moderno de los sesenta y herramienta imprescindible en las pesquisas de la pareja.

El éxito de las novelas de Plinio eclipsó casi por completo el resto de la obra de Pavón. Sin embargo, antes de las novelas y luego de manera paralela a estas, fue dando a la imprenta sucesivas colecciones de cuentos, algunos de los cuales se encuentran entre los más destacados de la segunda mitad del siglo XX: Cuentos de mamáCuentos republicanosLos liberales (tal vez su mejor libro) y Los nacionales. Todos juntos constituyen un peculiar relato de infancia y adolescencia, hecho de fragmentos o viñetas, en los que el niño, testigo discreto y observador minucioso, evoca aquel periodo de la Historia de España que compusieron la Dictadura de Primo de Rivera, la República, la Guerra y los inicios de la posguerra. A este ciclo le pondría colofón en 1976 un libro de memorias de título quevediano, Ya no es ayer, que vuelve a los temas de los cuentos para redondear y ordenar lo que había quedado solamente sugerido en algunos cuentos. El conjunto acaba dibujando un perfil personal del autor, que reconoce en la infancia sus pulsiones más auténticas y en los orígenes familiares su identidad afectiva y social.

 

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Portada de ‘Los liberales’, de Francisco García Pavón. | Imagen: Ediciones Destino

 

Pertenecía Pavón a una familia liberal y progresista, que estimuló el espíritu libre y soñador del niño. En su patria infantil el término “liberal” connota excelencia y sirve para caracterizar a sus seres más queridos y admirados: la madre, algún maestro ejemplar, doña Nati, el abuelo y el tío Luis. El niño, a semejanza de Plinio, cuya divisa política sostiene que “cada cual debe hacer lo que se le ocurra con tal que no perjudique a un tercero”, tiene un pálpito liberal y saluda con optimismo la llegada de la República, pero el resultado y sus frustrantes consecuencias, las percibe como un fracaso. Finalmente, el escepticismo se apoderará de él, cuando compruebe la ingenuidad de su padre y de sus amigos republicanos.

García Pavón evitó la autocomplacencia “nacionalista” y el elogio fácil del terruño

En el comienzo de El reinado de Witiza, la novela más redonda y recomendable de la serie policial, en la que Pavón, como es habitual en él, combina maestría narrativa con sabias y humorísticas disquisiciones, reconoce la aridez de la tierra manchega y el rigor de su clima. “Es una tierra con muy mala leche –dirá Plinio —. Me place la gente castellana porque ríe lo justo y no presume… Pero el campo y el clima, para su madre”. En fin, regateó el patriotismo de patria chica. Tampoco se apuntó al regionalismo bobo, ni al nuevo provincianismo que traerían el Estado de las Autonomías y los nacionalismos periféricos. Fue muy manchego (y muy tomellosero), pero no incurrió en el defecto de idealizar ni fanatizar los orígenes. Son abundantes los comentarios críticos del narrador y sus personajes, como el citado arriba, en que expresa desafección a la propia tierra y los paisanos manchegos, a los que define una manera de ser y de estar un tanto abúlica.

 

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Portada de ‘El reinado de Witiza’, de Francisco García Pavón. | Imagen: Rey Lear

 

En las circunstancias actuales, en que el victimismo supremacista ha tergiversado todo con sus abusivas demandas, esto podría confundirse con la resignación. Y no lo es. A Pavón, a Plinio y al resto de personajes no les duelen prendas en reconocer las virtudes ajenas, pero desde la profunda convicción igualitaria de que “nadie fue nunca más que nadie ni menos que el otro”. Que cada cual saque sus conclusiones de acuerdo con su pálpito.

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