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El panopticón de Obama

George W. Bush puso en marcha un programa que permitía vigilar las comunicaciones de cualquier ciudadano sin autorización judicial, y aquello fue un escándalo. Barack Obama ha creado un sistema de espionaje masivo de los ciudadanos de los Estados Unidos, con acceso a los metadatos, cuando no a las grabaciones de las conversaciones telefónicas, y a toda comunicación vía internet. Y aquí no pasa nada, señora, circule, no hay nada que ver.

Conocemos de este panopticón de Obama gracias a un empleado público, Edward Snowden, que tuvo la fibra moral de contárselo al mundo y la pericia profesional para recopilar los datos y compartirlos con varios medios de comunicación. Cuando pasó de las catacumbas de la NSA a las portadas de periódico de todo el mundo, le acusaron a él de ser un espía, cuando nadie se lo merece más que el gobierno federal. Y le acusaron de traidor, cuando fue la Administración Obama quien había traicionado la letra y el espíritu de la Constitución.

Pero a partir de ahí, Snowden ha sido un títere manejado por el totalitario Vladimir Putin, primero, y por el totalitario Oliver Stone, después. Stone ejemplifica la miseria moral de la izquierda: denuncia los desmanes del Estado de los Estados Unidos porque querría una nueva URSS tan tiránica como la anterior. Ahora Snowden por un lado dice que no se arrepiente de lo que ha hecho, y por el otro pide perdón. Ha sido el instrumento de propaganda del zarismo cutre y criminoso de Putin, y quiere volver como un héroe y como un desconocido. Un desastre. Pero yo le doy las gracias por señalar al gran mirón.

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