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El parapeto de las bases

"Las bases se convierten, cuando se les consulta, en un sujeto que sustituye a los votantes"

Foto: EFE

Durante los meses previos al 10-N, la mera sugerencia de que Pedro Sánchez terminaría forjando una alianza con nacionalistas y populistas idéntica a la que mantiene en numerosas comunidades autónomas, se catalogaba inmediatamente como exageración interesada u opinión sesgada que no avalaba una sola estadística o manual de ciencia política. Los datos. Dos semanas después de las elecciones, aquella advertencia es ya una evidencia: PSOE, Podemos y ERC están cómodos negociando entre ellos cómo se articula el próximo Gobierno de España. Tras fingirse enemigos acérrimos, necesitan ahora una pátina de legitimidad para la que los tres parecen haberse puesto de acuerdo en hallar a través de la instrumentalización de su militancia, a saber, las Bases. Una mayúscula imperativa, pues las bases se convierten, cuando se les consulta, en un sujeto que sustituye a los votantes. Dicho de otro modo: si se produce una consulta a los militantes, es que hay algo que no se quiere consultar al resto.

Con la ola del 15-M se colaron el debate público español, entre otros, asuntos relacionados con la democracia directa o asamblearia. Siendo conceptos distintos, comparten su afán por sortear los cauces institucionales y, de un modo menos intuitivo, también la soberanía. De cómo en nombre de la democracia directa se puede socavar la representativa dio sobrada cuenta el separatismo catalán con el golpe parlamentario, que dejó en el aire los derechos de siete millones y medio de personas e hizo que muchos comprendieran la necesidad de instituciones que nos protejan de la tiranía. Las asambleas, los círculos y los espacios participativos selectivos –democracia directa- entrañan peligros parecidos y el aluvión de consultas ‘a las Bases’ los hace merecedores de un punto y aparte.

La retórica asamblearia usurpa en primera instancia la noción de pueblogente o incluso España. Entró en 2015 Podemos al Congreso como si hasta la fecha sus moradores hubieran sido ilegítimos representantes, reduciendo a su particular cosecha de escaños toda manifestación de la voluntad popular. Bajo esa premisa, bastaría con que unos pocos políticos decidieran por los demás. Es lo que sucede con las consultas a la militancia: se define un sujeto de soberanía alternativo y se le dota de autoridad suficiente como para laminar la voluntad de los que quedan excluidos. Así, un 92% de la militancia socialista aprueba el pacto con Pablo Iglesias, una mayoría que queda muy lejos de lo que dicen sus votantes en las encuestas. Pero a los líderes esos datos les sirven de parapeto, y los blanden en los medios de comunicación con más ahínco del que muestran con los españoles que les arroparon en las urnas sin carnet de partido.

Habrá bienintencionados que crean que es esta una forma de convertir a la militancia en fuente de poder. Nada más lejos de la realidad. Las preguntas encorsetadas y conductoras son una forma bastante cínica de reírse de la autonomía y del criterio de las Bases. El PSOE se jacta de preguntarles, pero lo cierto es que no habrá un solo militante socialista que haya podido rechazar un pacto con el separatismo negado hasta la saciedad por sus dirigentes en campaña. En materia de preguntas-chantaje, sin embargo, es Podemos el dueño del mayor trofeo: a través de un proceso participativo –y con perspectiva de género, y no contaminante- arrebató a sus inscritos la potestad de opinar siquiera sobre el chalé de Pablo Iglesias y les ofreció a cambio una única pregunta absolutista para condenar el futuro del líder morado al frente de la formación: o lo aceptáis o  me voy. Un comportamiento infantil, que es el que presuponen a sus cuadros los políticos preguntones.

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