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El parche identitario

Hace unas semanas, el profesor de Columbia Mark Lilla escribió un polémico artículo en el New York Times en el que pedía a los progresistas que se olvidaran de las políticas identitarias. Lilla argumentaba que “si vas a mencionar grupos en Estados Unidos, mejor que los menciones a todos. Si no, los que se queden fuera se darán cuenta y se sentirán excluidos”. Se refería a los blancos y religiosos que votaron a Trump: “Esta gente no está reaccionando contra la realidad de nuestra América diversa (suelen, después de todo, vivir en áreas homogéneas del país). Están reaccionando contra la retórica omnipresente de la identidad, lo que ellos consideran ‘corrección política’.”

Es una afirmación discutible. Hay diversos estudios que prueban que existe realmente una oposición de una parte de los votantes de Trump a la incorporación de la mujer al trabajo y a la igualdad racial. La victoria de Obama provocó un resentimiento en un sector de la población blanca que no puede justificarse como un fallo del establishment: era simple y llanamente racista. Puede edulcorarse con la idea de que se sentían culturalmente marginados. Pero no es culpa del establishment, sino de la realidad demográfica del país.

Sin embargo, merece la pena tener en cuenta su tesis. En ella hay una buena parte de razón. Las políticas que compartimentan a la población en identidades diferenciadas son muchas veces contraproducentes y hasta peligrosas.

En su pequeño ensayo Multiculturalismo, el escritor Kenan Malik hace una defensa del multiculturalismo y la diversidad, pero hace una fuerte crítica a las políticas multiculturales. Malik afirma que la primera generación de inmigrantes, especialmente en Reino Unido, era esencialmente laica: progresistas occidentalizados que buscaban una mejor vida. Al contrario que en la actualidad, no buscaban que se les tratara de manera diferente, sino lo contrario, que se les considerara de manera igual que a los nativos. La segunda generación, sin embargo, comenzó a radicalizarse y a luchar más por su diferencia. Malik argumenta que esto es consecuencia de las políticas multiculturales. Para no lidiar con la complejidad de la inmigración, los políticos colocaron en compartimentos separados a cada identidad. Las ayudas estatales y los programas culturales se enfocaban en la etnia y la religión. Esto provocó que las minorías, muchas con unas condiciones materiales similares, compitieran (y a veces se enfrentaran) por unos recursos escasos, en lugar de cooperar. La consecuencia fue la exacerbación de las identidades y el olvido de las condiciones que podían unir a todos, como la pobreza, el desempleo, la falta de infraestructuras y transporte en áreas pobres. Finalmente, sirvió para que los representantes de cada minoría fueran los más radicalizados, siempre los mejor movilizados.

Lilla no piensa que la diversidad sea algo indeseable. Es el motor del crecimiento y la prosperidad. Es algo estimulante, nos hace ver más allá de nuestras narices y nos ayuda a ser más tolerantes y abiertos. Y, sobre todo, nos enseña que todos somos igual de diferentes. La solución de Lilla es la clásica liberal, la igualdad. En una época de desigualdades, fomentar la diferencia implica poner parches simbólicos a problemas reales, tangibles, materiales.

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