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El pasado como causa determinante del presente

"Lo que hoy somos y lo que vayamos a ser en el futuro no depende de la carga invisible de un pasado que nos condicione y ante el que no cabe más respuesta que la resignación"

Foto: Marta Jara | Wikimedia Commons

Poco antes de morir, en una de sus últimas entrevistas, el historiador Santos Juliá recordaba que el pasado nunca era causa determinante del presente. En pocas palabras, que lo que somos hoy no está condicionado de forma decisiva por los acontecimientos del ayer; no, al menos, de forma absoluta.

Nunca he creído que esa reflexión, que comparto profundamente, pueda contradecir la idea general de que los sedimentos depositados por la historia constituyen una fuerza poderosa. No vamos a desterrar, por ejemplo, siglos de dominación patriarcal, de machismo contumaz, a golpe de aislada norma jurídica, por firme y perdurable que sea la tinta con la que se escribe el Boletín Oficial del Estado. A fin de cuentas, es más fácil cambiar las leyes que las conductas y las conciencias. Y la norma jurídica, para tener la condición, como sostenía Bobbio, ha de ser justa, válida y, sobre todo, eficaz. Un atributo, el de la eficacia, que depende no sólo de la fuerza y la convicción con que el estado se afana, sino de valores de combustión lenta como los educativos.

Pero el determinismo, también cuando se examina la historia, se convierte en un peligroso atajo explicativo del presente. Casi como una herramienta que fomenta la pereza intelectual para contarnos y explicarnos nuestro yo del presente. Especialmente en un tiempo en el que la posmodernidad se afianza como el credo que da cobijo a tantos ofendidos, dolientes y víctimas necesitadas de serlo para encontrar el ansiado reconocimiento y la identidad en un mundo en el que la responsabilidad individual se diluye en la fatalidad del pasado.

Si hoy pudiéramos preguntar a un europeo nacido en el último tercio del siglo XIX dónde creía más factible que se desarrollaría el ideario socialdemócrata con mayor plenitud, muy pocos hubieran señalado que los países con condiciones más idóneas eran los, por entonces, semifeudales estados nórdicos. La hoy admirada -hasta el límite del exceso- República de Islandia, contaba en 1894 con la cuarta parte de su población en régimen de servidumbre. Y la situación no era mucho mejor en el resto de estados de la orilla norte del Báltico.

Si hubiéramos preguntado al mismo individuo dónde era más factible que germinase una reacción totalitaria, xenófoba y caudillista como la del nacionalsocialismo o el fascismo, pocos hubieran señalado a Alemania o Italia, dos heterogéneas realidades nacionales en las que comunidades perseguidas había encontrado refugio tradicionalmente. Quizás habrían apuntado a Francia, por el recuerdo relativamente reciente en ese tiempo de la epopeya del bonapartismo.

Por acudir a un ejemplo más reciente, en 1999 The Economist se refería a Alemania como el “hombre enfermo de Europa”, al revisar los desequilibrios económicos de una potencia con el motor gripado a resultas de la reunificación. Es decir, hace menos de dos décadas la locomotora alemana era definida con los mismos términos con que un siglo atrás se había hecho referencia al decadente Imperio Otomano. La historia provee de muchos más ejemplos de profecías y vaticinios erróneos que cuestionan la causalidad del pasado al explicar el presente.

Como en tantos otros campos, la virtud debe buscarse en el equilibrio. Y España constituye un buen ejemplo de ello. En apenas cuatro décadas, nuestro país ha abrazado con fuerza valores impensables hace apenas un par de generaciones. Es imposible no sentir un sano orgullo cuando vemos el grado de aceptación del matrimonio homosexual, el nivel de tolerancia respecto a la inmigración, el vigor de la causa feminista o el compromiso con poderes supraestatales hoy vilipendiados por la miopía nacionalista en otros estados de nuestro entorno.

España ha desafiado los peores vaticinios de un fatalismo que nos atravesó el espinazo de arriba abajo en el turbulento siglo XIX, en un tiempo en el que el estado-nación construía sus cimientos en todo el continente europeo. Y lo ha hecho, a pesar del legado de cenizas de una historia repleta de llantos.

El auge de la posmodernidad, con su crónica de ruptura de la historicidad, de fin del relato de progreso constante, de distópico estancamiento secular, no puede cegarnos ante una evidencia incuestionable: lo que hoy somos y lo que vayamos a ser en el futuro no depende de la carga invisible de un pasado que nos condicione y ante el que no cabe más respuesta que la resignación.

Tenía razón Santos Juliá. Lo que somos hoy y lo que podamos ser mañana no está escrito en las páginas dolientes de la historia. Es bueno mirarla sabiendo del poder de la rima en el verso inacabado del presente. Pero siendo consciente de que, como decía Furet, el hombre hace historia, aunque no conozca la historia que hace.

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