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El pasado no nos aclara el futuro

"Hace dos semanas nos preguntábamos aquí si la democracia sería la última víctima del Covid-19. Esa inquietud, por desgracia, ha ido 'in crescendo' ante el espectáculo de un país y un mundo sin respuestas"

Foto: Bernadett Szabo | Reuters

Una generación como la nuestra, ya talludita, llega en España a la cuesta abajo de la vida sin haber sufrido una guerra en sus carnes, cosa que agradece. Pero uno echa la vista atrás y recuerda que, evidentemente, los momentos de temor, de desconcierto, de sensación de catástrofe inminente, no nos han faltado.

Uno recuerda, en la niñez pasada en Suiza, aquella incomprensible temporada en que –por la crisis de Suez, comprenderíamos algo más tarde- no circulaba ni un coche los fines de semana, ya que por escasez de combustible se había prohibido. Y ya la retahíla: la crisis de los misiles de Cuba, cuando pensábamos que llegaba la guerra nuclear, y los magnicidios de los años 60, con John y Robert Kennedy, y en los 70 ETA, Carrero Blanco, el GRAPO con los secuestros de Oriol y Villescusa que tan de cerca vivimos en el diario Informaciones, y Atocha, y aquella noche convulsa del 23-F de 1981, y más atentados terribles, en uno de los cuales –contra Diario 16- llegó la onda expansiva hasta el balcón de la casa de este cronista, y el 11-M y el 11-S, que nos hicieron comprender que los enemigos iban a por todo el modo de vida democrático y occidental

Sí, la paz ha sido muy relativa en este largo período de “posguerra”, referido al último conflicto mundial. Pero quizá nunca nos hemos dado cuenta de nuestra extrema fragilidad hasta este extraño virus salido de Asia que se ha adueñado del mundo y aquí nos tiene, ‘teletrabajando’ hasta quién sabe cuándo y oscureciendo de manera dramática las perspectivas económicas y sociales para el día en que las de salud estén aclaradas, si es que se llegan a aclarar.

Entre la disuasión nuclear y las guerrillas sucias se pudo evitar una conflagración mundial hasta que cayó el imperio de la URSS y los satélites y aquel peligro pareció descartado. Pero las amenazas del clima y de las pandemias, pese a casos tremendos como el SIDA o el Ébola, transcurrieron sin producir reacciones, reformas, preparativos, mientras las democracias –los países ricos, para entendernos- se iban hundiendo en la mediocridad, la incuria, las corruptelas y los populismos. Hasta el punto de que Hungría vuelve a ser una dictadura y apenas es noticia…

Toda esta recapitulación de horrores termina en esta situación surrealista que nos paraliza, y la parálisis interrumpida por unos angustiados aplausos cada tarde a las ocho nos da más que suficiente tiempo para pensar que lo que viene es mucha miseria y quizá mucho totalitarismo, salvo si unas democracias que ahora mismo parecen exangües son capaces una vez de reaccionar y cambiar el rumbo de la historia como, por última vez, lograron hace 80 años.

Hace dos semanas nos preguntábamos aquí si la democracia sería la última víctima del Covid-19. Esa inquietud, por desgracia, ha ido in crescendo ante el espectáculo de un país y un mundo sin respuestas.

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