Cristina Casabón

El pastoreo de víctimas

«Vivimos en tiempos complejos en los que lo revolucionario es lo mainstream, y las élites antisistema viven de lujo gracias al sistema»

Opinión

El pastoreo de víctimas
Foto: Fernando Villar
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Columnista en The Objective, Vozpópuli y El Español

Muchas de las ideas que se hacen ver como «revolucionarias» en realidad representan una pseudocultura que ya es dominante, y que abarca todos los espacios culturales. Vivimos en tiempos complejos en los que lo revolucionario es lo mainstream, y las élites antisistema viven de lujo gracias al sistema. Al ciudadano se le promete una vida más tranquila y mayor calidad moral si adopta todos los clichés y no hace preguntas incómodas.

Es la identidad lo que está en juego. Todo lo que no sea una expresión de apoyo puro e incondicional a este relato se recibe como una provocación al conflicto. Esta izquierda vive tan pendiente de su identidad que su narcisismo desemboca en el «solipsismo romántico», acaba dudando de la realidad de las cosas fuera de la percepción de uno mismo. Y alterando la realidad para que se ajuste a su percepción. Si la izquierda ya es lo mainstream y está instalada en las instituciones y ha ganado la batalla cultural, ¿cómo es que sigue existiendo la injusticia en el mundo? Pues muy simple, amiguitos, la culpa es de los restos del Antiguo Régimen.

El victimismo ha traído consigo la idea de que la izquierda representa el bien y busca proteger a unas minorías asediadas por la ciudadela de los retrógrados, que son los representantes del Antiguo Régimen. El victimismo consigue blindar a todo un sistema de colectivos o castas victimizados que reclaman justicia restaurativa, así como a aquellos que representan sus intereses, los líderes de víctimas.

Esto requiere la fabricación de un relato victimista muy potente, y cada capítulo de la serie requiere más drama. En España, un país seguro y tolerante con las minorías, es muy difícil crear un relato que sostenga la tensión requerida, y por lo tanto se ha introducido un elemento de realismo mágico. El primer traspiés a la izquierda ha llegado por el exceso de relato con respecto a la LGTBIfobia.

Pese a la introducción de elementos fantásticos, nadie en su sano juicio critica a una supuesta víctima, pues sabe que se expone a ser acusado de avivar el odio o de ser mala persona. La crítica es lo contrario de la identidad que quiere permanecer siempre fiel a sí misma, y todo el mundo tiene derecho a permanecer inmóvil y fiel a la condición de víctima.

Como decía Shapire, «el problema es cuando la izquierda regresiva se convierte en una patrulla moral dedicada a vigilar y castigar a quien se aparte de su revisionismo histórico anacrónico a la luz de la nueva moral en boga, de su macartismo (cancel culture), el neolenguaje y sus códigos. Es una nueva izquierda obsesionada con la raza y la sexualidad como prisma privilegiado de la realidad y está dispuesta a cargarse la libertad de expresión de demócratas y universalistas, que entran en una definición cada minuto más amplia de ‘fachas’».

Para sortear esto, la crítica debe hacerse hacia ese prisma que privilegia a unas supuestas víctimas sobre otras y hacia el pastoreo de los líderes de víctimas del Gobierno. Como comentaba un usuario de Twitter, «el gobierno es el nuevo adalid de las virtudes caballerescas, y la pléyade de colectivos victimizados hace el papel de ‘damisela en apuros’». En la izquierda identitaria se procede ahora a escenificar juicios en los que el reo, que pertenece a la oposición, es picoteado hasta la muerte social, como hacen los cuervos en el relato Grajos y Avutardas de Delibes. Además, como apunta Daniele Giglioli en su Crítica de la víctima, la victimización como estrategia política ha pervertido la genuina compasión por el que sufre en una fuente de poder y blindaje frente a la crítica, tanto de la crítica vertida contra el colectivo victimizado como de la que se emite hacia su patrón o líder.

El exceso de relato está comenzando a exponer el mecanismo de pastoreo, y algunos estamos poniendo de relieve la instrumentalización de estas causas justas para un fin menos loable como puede ser, por ejemplo, derribar al opositor político o el blindaje del líder de víctimas ante toda crítica. En el populismo no hay amor sin enemigo, y nadie crea a un enemigo sin sentirse su víctima real o potencial, dice Daniele Giglioli. Amor y odio. Víctimas y culpables. Defensores de las víctimas y culpables. Son los elementos de una trama social cada vez más dramática en la que todos tenemos un papel asignado. Nadie en su sano juicio quiere ser el culpable casi perfecto, porque el derecho al resarcimiento del que la víctima goza impone el tono de la réplica, fija las reglas del juego y blinda a sus guardianes defensores.

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