Gabriel González-Andrio

El pequeño y peligroso Kim

Mientras tanto, la humanidad parece empeñada en hacer oídos sordos, sacando lo peor de sí misma, enfrascándose en cruentas guerras, con miles de muertos, mutilados y huérfanos. No aprendemos la lección.

Opinión

El pequeño y peligroso Kim

Mientras tanto, la humanidad parece empeñada en hacer oídos sordos, sacando lo peor de sí misma, enfrascándose en cruentas guerras, con miles de muertos, mutilados y huérfanos. No aprendemos la lección.

El dictador norcoreano debe pensar que su imagen sale fortalecida cada vez que muestra al mundo la adoración que le profesan sus congéneres. Las escenitas del mandatario rodeado de “felices” funcionarios, militares, niños o las mujeres de esta fotografía pasarán a la historia.

Nadie en su sano juicio se puede creer tan artificial puesta en escena, por muy maquillada que esté. El pequeño Kim Jong Un no se da cuenta de que esa enfermiza escenografía teatral provoca hilaridad. El problema es que esto no es un chiste, es la cruda realidad de un país sumido en un comunismo tan trasnochado como peligroso.

La cosa quedaría en nada si esto sólo quedara en imágenes para la posteridad. Lo peor es que este tipo –y su régimen dictatorial- puede encender la mecha de una nueva gran guerra. Es algo así como regalar estas navidades a un niño una bomba nuclear como juguetito. Pues imagínense a lo que estamos expuestos.

Ahora todas las miradas apuntan a Oriente Medio y la revolución del llamado Estado Islámico. Pero que nadie se olvide del pequeño Kim, cuyas caprichosas decisiones pueden hacer saltar por los aires la (relativa) paz que vive hoy el continente asiático.

Kim, Maduro, los Castro y todos los dictadores del planeta no van a permitir que nadie les desmonte el chiringuito. Comer marisco fresco, vivir en espléndidos palacios, viajar en limusina o ser millonario sería solo un mal menor si no fuese porque -mientras tanto- tu gente vive en la indigencia.

Se acerca la Navidad, tiempo de paz, de perdón, de amor. Hay un mensaje de esperanza que los cristianos llevan siglos anunciando. Mientras tanto, la humanidad parece empeñada en hacer oídos sordos, sacando lo peor de sí misma, enfrascándose en cruentas guerras, con miles de muertos, mutilados y huérfanos.

No aprendemos la lección. Se nos llenó la boca clamando contra el genocidio nazi, pero seguimos erre que erre…

Basta ya.

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