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El perdón y las exigencias de la vida

Foto: Juan de Vojníkov | Wikimedia Commons

El perdón es el gran tema de nuestro tiempo, aunque en la mayoría de los casos aparezca como una sutil sombra de las grandes polémicas que nos enfrentan. Y es que hablar de perdón es hacerlo también de identidad, de memoria o de justicia. Por su esencia y por sus múltiples aristas, nunca podemos referirnos en abstracto al acto del perdón. Es más, el hecho de perdonar y de ser perdonado son dos acciones trascendentales en la vida de cualquier persona que pretenda tomar conciencia de sí misma y de su relación con los demás. Con probabilidad, el perdón es el único acontecimiento que puede poner freno a una cadena de resentimiento y dolor. Lo que sirve tanto para los individuos como para los colectivos a los que dicen pertenecer.

El perdón es un proceso que, como nos recordaba Vladimir Jankélévitch, debe comenzar con el reconocimiento del mal causado para poder repararlo. El perdón no es para conciencias satisfechas, ni para culpables que quieren o pueden arrepentirse. El paso del tiempo se vuelve indispensable entonces, porque no es sencillo perdonar en caliente. Y, sin embargo, esto tampoco garantiza la reconciliación. El perdón auténtico necesita del reconocimiento entre víctima y victimario. Un paso obligatorio para ello es que ambos se miren a los ojos con libertad y no haya miedo a decir la verdad.

Por desgracia, nuestra tradición a lo largo de los siglos se ha concentrado en exceso en el pecador perdonado y ha obviado la presencia de la víctima, debilitando su voz y silenciando sus palabras. Reconozcámoslo ya: el perdón es un acto profético y escandaloso porque, contra la opinión generalizada, se cimenta sobre el recuerdo y la culpa. Pero como atestiguan los versos de Wisława Szymborska: “la realidad exige/ que también se diga/ la vida sigue”. Y está en nuestras manos. Es decir, sí podemos llegar a echar al olvido el daño y sus consecuencias, pero nunca lo sucedido. Son las exigencias de nuestra vida.

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