Jaime G. Mora

El pesimismo de Woody Allen

"El artista, para no morir, debe ser capaz de reírse de sus propias desdichas"

Opinión

El pesimismo de Woody Allen
Foto: Gravier Productions | Perdido Productions
Jaime G. Mora

Jaime G. Mora

Periodista. Política y libros en ABC. Lee periódicos en papel porque le gusta mancharse las manos de tinta.

A Woody Allen sus 83 años le han hecho aún más pesimista. Los escritores buenos –O’Neill, Tennessee Williams, Arthur Miller– ya no están. Tampoco sus directores preferidos: Ingmar Bergman, Billy Wilder, Ernst Lubitsch… Nueva York, su ciudad, ya no es lo que era en los años 20 y 30, una era que se fue apagando durante su niñez. «Los años 40 también fueron bastante buenos, y los años 50 estuvieron bien», le dijo a Fernando Trueba en una deliciosa conversación que publicó El Mundo. «Pero comenzó a cambiar el horario de los teatros, los precios de las entradas comenzaron a subir… Lo que costaba cinco dólares ahora cuesta 200… Y los espectáculos se convirtieron en espectáculos para turistas…». Donde antes había clubs nocturnos, ahora hay locales chabacanos. «No más Copacabana y no más Barrio Latino…». Las salas de cines han ido desapareciendo, igual que las tiendas de caramelos, al mismo ritmo que las calles se llenaban de coches. «¡Y hoy la plaga son las bicicletas!». Esto se lo dijo a Borja Hermoso, en El País. «Van por la acera, te asaltan, se saltan el semáforo en rojo, es una locura. En fin: «Nueva York no es lo que era». Y la extrema derecha, que está de vuelta. Y el cambio climático. Y la superpoblación del mundo. Y las armas nucleares… No es solo que a Woody Allen le pueda la nostalgia. Él, que lleva escribiendo, protagonizando y dirigiendo películas desde los años 60, conoce mejor que nadie cómo se ha ido degradando la industria del cine. Él lo llama «la muerte del artista». El artista no puede fracasar. Si lo hace, no siempre tendrá una segunda oportunidad, y por eso el artista no arriesga. Lo pone todo más fácil y deja de lado lo sofisticado, la ironía. Es el camino más fácil hacia la supervivencia. El artista no arriesga por miedo a ofender.

Las circunstancias que han rodeado al estreno de Día de lluvia en Nueva York, su última película, son el mejor exponente de esta época desquiciada. Fue rodada en plena cacería del #MeToo, y esa fue la razón de que resurgiera el caso de los supuestos abusos sexuales sobre una hija adoptiva hace más de 25 años. Nunca fue condenado por estos hechos, pero hoy la hoguera arde en las redes y Día de lluvia en Nueva York fue boicoteada antes de su estreno. Varios de los actores que trabajaron con Allen, los más jóvenes, renegaron de él y la productora Amazon decidió no llevarla a los cines. El artista ha muerto porque en el tribunal de la opinión pública es el señalado quien debe demostrar su inocencia. Por suerte, su único interés sigue siendo hacer películas, una detrás de otra, mientras encuentre financiación. En la nueva de Woody Allen hay personajes con problemas emocionales, como los que le gusta retratar en todas sus películas, hay enredos, diálogos ingeniosos y también directores y actores que coquetean con jóvenes que quieren abrirse camino en la industria. El artista, para no morir, debe ser capaz de reírse de sus propias desdichas.

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