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El planeta “Gracias”

No cuesta nada dar las gracias, pero como todo lo que es gratis, se siente dentro del cuerpo como una ganga, como un regalo inesperado

Foto: Ronny Sison | Unsplash

No es cierto que nadie dé ya las gracias. A la gente, lo que le pasa, es que es tímida. Recuerdo cuando mi madre me decía que debía dar las gracias al frutero, cuando me regalaba una mandarina, o al panadero, cuando me obligaba a coger una galleta de las de a granel -que a mí no me gustaban las galletas, pero era tal su empeño que no me quedaba otra-. Me decía:

-Da las gracias, cariño.

Pero yo me quedaba muda. Iba muda por el mundo, como mi hijo pequeño, que es todo observación y silencio.

Ahora, sin embargo, voy dando las gracias a todo quisqui, casi sin querer, como un mantra, como si quisiera recuperar años de mandarinas y galletas, de silencios ante los desconocidos, de labios cerrados a esos señores que me dejaban pasar delante.

Voy dando las gracias y los buenos días y cierro las puertas de los comercios con cuidado, asegurándome de que no dan portazos, o no se quedan entreabiertas. Me resulta placentera esta generosidad gratuita, en el mejor sentido de gratuita. No cuesta nada dar las gracias, pero como todo lo que es gratis, se siente dentro del cuerpo como una ganga, como un regalo inesperado.

Pero es que las gracias tienen más gracias. Dar las gracias es una forma de perfección, a mí me parece. Como el marco del cuadro. El paspartú de la cotidianeidad. Das las gracias y rematas algo como si firmases un contrato social que cierra un micro-momento.

Hoy iba en el atasco, pensando en esas cosas literarias en las que pensamos los escritores, no sé, cosas, como que aquello era una enorme serpiente metálica de mil cabezas, todos al unísono, como las nubes de estorninos, dejándonos pasar unas veces unos a este carril, tratando de pasar otras veces otros a este de allá. Mientras pensaba estas cosas tan metafóricas tuve que cambiar de hilera en unas cuantas ocasiones, como pasa siempre, y todas las veces, di las gracias. Dejé pasar en la misma proporción de ocasiones y no me lo agradeció nadie. En una de esas ocasiones, dejé colarse a uno que, sin mis muchas gracias y generosidad, se habría quedado parado en el medio del tráfico jorobando a todo el mundo y de la manera más incómoda. Le dejé pasar con total generosidad, porque además de dar las gracias muchas veces, también voy como sin prisa por la vida pues he comprobado que como decía Napoleón -de pequeña tampoco entendía lo de “vísteme despacio”-, sin prisa se llega siempre antes, y si no se llega, se siente uno irremediablemente bien. El hombre no me dio las gracias y con suma amabilidad, le hablé como le hablaba mi padre a los futbolistas de la tele:

-No me des las gracias, no las merece. Ya me siento agradecida por haberte regalado unos segundos de mi tiempo.

Mi hijo de doce años dijo:

-¿Y cómo quieres que te dé las gracias, si va metido en una burbuja de cristal?

-Hay un gesto internacional, caído en desuso, que solo utilizamos algunos extraterrestres que vinimos de cierto planeta espacio-temporal anclado en el pasado siglo. Es parecido al gesto de los vulcanianos de Star Trek, pero con todos los dedos pegados.

-Jajajaja

-Se levanta así la manita y el coche de atrás sabe que se lo estás agradeciendo, pero solo si es de tu mismo planeta.

-¿Y cómo se llama tu planeta?

¡Pues cómo se va a llamar! Es el planeta “Gracias”. Por cierto, que los que somos de allí tenemos superpoderes, porque estamos hechos de otra densidad, como Superman.

-Jajajaja

-Yo comprendo que ya no se estila, que quedamos pocos, pero no importa. Cuando sucede, cuando te encuentras con otra mano alzada en el tráfico, en la vida, en una mirada, la sensación de cercanía que te inunda es tan maravillosa, que no importa que ochenta memos no me lo agradezcan.

-Jajajaja

-Pero nosotros sí que somos de ese planeta. Del lugar donde se piensa en los sentimientos de los demás, se les agradece su gesto y se les da las gracias y se les cede el paso. No porque ellos las merezcan, o deban llegar antes a los sitios, sino porque nosotros estamos en la situación de permitírselo. No es bueno competir por quien debe pasar primero por una puerta, porque casi todo el mundo quiere pasar primero así que lo normal es que, si no hay una persona dispuesta a ceder por defecto, dos se choquen de cuando en cuando.

-Y chocar estropea los planes de los dos.

-Peor. Cuando dos chocan, estropean sus planes y los de todo el mundo.

-Pues qué idiota. La gente es que no sabe nada. Podía haberte dado las gracias, al menos. -dijo el niño.

El hermano pequeño, siempre en silencio, siempre tímido, siempre callado, decidió intervenir en la conversación:

-Mamá, ¿y no te has parado a pensar que a lo mejor no te ha dado las gracias porque es un poco tímido? A mí me gustaría dar las gracias, pero no siempre puedo.

Me acordé de mis mandarinas, de las galletas que no me gustaban, de mi muda aceptación de aquello que me rodeaba y de mi rebeldía, cuando incluso pensaba que yo no había pedido galletas, ni mandarinas, ni señores que me abrieran las puertas y ¿por qué había de dar las gracias? Pensé en esto y le dije:

-Ya las darás. Ya darás las gracias con creces e intereses de demora, como me ha pasado a mí, porque no puedes evitar haber nacido en el mismo planeta que tus antepasados.

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