Cristina Casabón

El pobrecito hablador

«Con esta cultura política acabaremos tan confundidos como los barbudos comunistas que comen lentejas frías de bote y admiran la dictadura norcoreana»

Opinión

El pobrecito hablador
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Columnista en The Objective, Vozpópuli y El Español

La reconciliación con la pluralidad no ha tenido lugar en nuestras democracias, y ello se debe en parte al clima de cancelación, al clima de debate político. Doris Lessing creía que las personas utilizan dos partes distintas de la mente. «Una es la parte crítica; la otra, la holística, que probablemente está situada en el plexo solar». Podríamos decir que uno emplea el lenguaje de la razón, el otro el de las tripas. En cada época puede dominar un tipo u otro de mentalidad. El crítico racional tiene el mismo espíritu que permeó en el siglo de la Ilustración, mientras que el populista vive en el Malebolge del penúltimo círculo del infierno de Dante.

Ambas formas de pensamiento se traducen en dos tipos de política. La política infantiloide, que emplea el lenguaje de las tripas, el sentimentalismo, cree tener una sensibilidad o conciencia superior, pero no ha desarrollado el pensamiento crítico. Esto implica que la información se procesa de forma acrítica y que el proceso de la asimilación de ideas es una cuestión de mimetismo o gregarismo. Isaiah Berlin nos previno de un riesgo fatal: el de suscribirse a los sistemas que todo lo abarcan y lo simplifican, que al final conduce a sociedades menos tolerantes, regidas por el prejuicio, el dogma, el sentimentalismo o la fantasía.

El conflicto político, para Ortega, era parte de la cultura del pacto, de la vida en comunidad. Esto implica que el rol de la oposición es dar la batalla de las ideas, y que la confrontación crítica no es negativa per se. Esta idea tan elemental del papel de la crítica no se comprende desde la cultura política del aplauso que algunos intentan imponer desde los medios oficialistas de manera un tanto cómica. Una cosa es leer los periódicos oficialistas, ver las cifras de estimación de voto y las realizaciones del régimen, y otra cosa es entrar en contacto con la opinión pública, pisar calle, redacciones y tertulias, debates, cafés.

Vivimos un momento paradójico, en el que la opinión pública se aleja de la opinión publicada. En mi caso, empiezo a pensar que las encuestas de previsión ya sólo cumplen la función de mantener la moral del votante bien alta y achantar a la oposición. Como decía un Subjetivo en la fiesta de relanzamiento de este medio, si alguien tirara una bomba en la redacción esa noche se cargaría a toda la oposición intelectual al régimen. Oposición seguiría habiendo, pero es cierto que ahí había algunos monstruos, contumaces de la oposición desde el análisis crítico y racional.

Tenemos que cambiar la cultura política, eliminar la creencia de que lo que no sea una expresión de apoyo puro e incondicional se reciba como una señal de falta de respeto y una provocación al conflicto. El pobrecito hablador que merodea y habla hasta con las piedras porque se toma a sí mismo menos en serio, el que duda de sus certezas, cuando se topa con la cultura política del aplauso se encuentra en un clima opresor.

En determinados ambientes políticos, toda oposición es considerada como un acto de la más calculada confrontación, y los opositores son considerados como los representantes deplorables de un mundo condenado. Pocas veces uno es consciente de que él y su interlocutor están hablando dos lenguajes diferentes: el del pobrecito hablador es el lenguaje de las ideas, el del identitario es un lenguaje que identifica toda idea con su identidad política y solo busca reafirmar esta identificación. La pregunta que flota en el aire, debería ser, qué opinas de esta idea, y no «tú qué eres políticamente». Socialista, nacionalsocialista, ultracatólico, comunista, liberal… Con esta cultura política acabaremos tan confundidos como los barbudos comunistas que comen lentejas frías de bote y admiran la dictadura norcoreana. O acabaremos como como globalistas, que están dispuestos a vender a su madre, despreciar su cultura y tirar el concepto de patria al cubo de la basura de la historia para no ser acusados de nacionalistas iliberales y asociados con los Orban.

Para el identitario, el conflicto es un medio para conseguir un único fin, la reafirmación de su ideología, nunca su cuestionamiento. Para el pobrecito hablador, el combate de ideas puede ser un instrumento positivo para lograr consensos y avances en política. Sin debate crítico no hay consenso construido desde la negociación, ni tampoco hay autocrítica. Como comentaba Pascual Bruckner, «ser occidental significa poder darle la razón a sus enemigos. Es decir, practicar la autocrítica. La capacidad de análisis nació en Grecia. Luego el cristianismo la retomó en el examen de conciencia y esto, al final, se ha convertido en el motor de la democracia, un régimen que vive de su autocrítica permanente». Temo que nuestro amigo Bruckner haya puesto el listón del debate demasiado alto. La autocrítica, y en general el pensamiento crítico, es una tarea pendiente de nuestras democracias.

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