Beatriz Talegon

El poder de las madres

Todas las madres del mundo (salvo las excepciones concretas que puedan darse en situaciones muy específicas) entienden perfectamente el sentimiento que les llevaría a dar la vida por sus hijos.

Opinión

El poder de las madres

Todas las madres del mundo (salvo las excepciones concretas que puedan darse en situaciones muy específicas) entienden perfectamente el sentimiento que les llevaría a dar la vida por sus hijos.

En Suecia se está implantando un interesante programa: «Suecos con bebé». Consiste, básicamente, en compartir las experiencias de la maternidad/paternidad entre ciudadanos de distintas nacionalidades y clases sociales. Una herramienta de integración que iguala en torno a un mismo objetivo: la educación y el cuidado de los hijos. Sin duda, un elemento común en todas las razas, culturas, e ideologías, independientemente de la capacidad económica.

Desgraciadamente estamos habituados a ver imágenes de bebés en situaciones límite, en rincones del mundo asolados por la pobreza más extrema. Imágenes impactantes las de niños prácticamente desnudos, sucios, con las barrigas hinchadas y las miradas tristes. Sus madres, desesperadas, también forman parte de la estampa. Son escenas que deberían impactar a cualquiera, pero sin lugar a dudas, a una madre aún le duelen más.

Es principalmente una madre, (entiéndase por madre aquella persona que cuida día tras día del cuidado y atención del hijo, que afortunadamente puede hoy en día ser un papel perfectamente desempeñado por un padre aunque sigue siendo la minoría de los casos) quien puede sentir el dolor en sus entrañas al ver semejante situación. La experiencia de la maternidad desarrolla los instintos más fuertes hacia un hijo, pero también hacia el resto de las personas que necesiten de los cuidados más básicos.

Todas las madres del mundo (salvo las excepciones concretas que puedan darse en situaciones muy específicas) entienden perfectamente el sentimiento que les llevaría a dar la vida por sus hijos. La renuncia sin más recompensa que el bienestar de otra persona. No hay madre que no sea capaz de hacer lo que sea necesario para que no falte un plato de comida en la mesa, para que sus hijos duerman a salvo, para no verles sufrir. Quizás sea porque estas cuestiones son tan relevantes que las mujeres han sido el soporte de las economías domésticas, han sabido siempre cómo cuidar a los demás y han renunciado muchas veces a que su voz fuera escuchada por miedo a no atender de manera adecuada sus prioridades. Puertas abiertas, sin duda, al patriarcado que, a través de actitudes machistas se han encargado de perpetuar estos roles, aún cuando las mujeres han querido dar los pasos necesarios para participar en una supuesta igualdad de condiciones.

Solamente el 22% de las parlamentarias a nivel mundial son mujeres. Hay 20 jefas de Estado y 15 jefas de Gobierno.Está claro que no basta solamente con revisar las cifras (la presencia en los gobiernos se sitúa en un 42% en los Países Nórdicos, en el resto de Europa un 23%, 26% en América; en Asia el 18%, en África del Norte y Oriente Medio el 16% y en la región del Pacífico el 15%), puesto que en algunos lugares la presencia de mujeres puede ser significativa (como en Ruanda, donde alcanza el 63%), pero a la hora de la verdad, cuando de tomar decisiones se trata, sus voces a penas se tienen en cuenta.

No es casualidad que, a pesar de que solamente el 17% de los ministerios del mundo estén dirigidos por mujeres, en la gran mayoría de los casos, sean los relativos a asuntos sociales, educación y salud.

La incidencia positiva de las mujeres en el desarrollo es evidente. En India, en los proyectos para abastecer las zonas rurales con agua potable, los datos han demostrado que el éxito se ha dado precisamente en los consejos liderados por mujeres, puesto que pusieron un mayor empeño en conseguir que salieran adelante estas iniciativas. En Noruega, la presencia de las mujeres en los consejos ciudadanos tiene una relación directa con la garantía de cobertura de atención infantil.
Por lo tanto, garantizar la participación de las mujeres, y más aún de las madres, mediante una apuesta firme por medidas de conciliación que abran la puerta a quienes no estamos dispuestas a renunciar al cuidado de nuestros hijos, es sin duda apostar por el éxito en el desarrollo de un sistema más justo, y que pondrá por delante el interés de las personas.  

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