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El populismo es una película

Foto: LIONEL BONAVENTURE | AFP

Visto desde la superficie, el populismo parece una cosa tonta, caricaturesca, mal pensada. Entre los tweets de Trump y las niñerías de los brexiteros es difícil no pensarlo. A los populistas los caracterizan las tramas sencillas, los problemas con soluciones drásticas pero simples, la habladera de pistoladas disfrazada de sentido común, las utopías que se parecen más al final de los melodramas que al paraíso terrenal. Los populistas, con contadas excepciones, suelen ser fenómenos televisivos. Series que de alguna manera nos incluyen y que vemos para pasar el tiempo, deseosos de que al otro le ocurra alguna explosión, alguna traición imprevista, algún cómico despiste. Yo, que viniendo de donde vengo debería saber mejor, confieso que, a veces al verlos en alguna entrevista, bramando como adolescentes, me cuesta contener una leve sonrisa.

En efecto, si la lupa la ponemos sobre los distintos mesías (vaya circo), la conclusión difícilmente podría ser otra. Mitomanía con narcisismo y carisma para amarrarlo. Justicia de fanfarrones. Pero lo más interesante no está en la tarima, sino en la audiencia.

En la gente que ve la película y, a diferencia de los chamos que salen tan contentos del último Star Wars, se la creen completica. ‘Efectivamente, los capitalistas son como el ejército de Darth Vader… los problemas de España (por decir algo) se solucionan pegándole un tiro bien pegado al agujerito de la nave espacial con forma de bola, como quien sube los impuestos… yo voto por XYZ porque él es mejor tirador de toda la galaxia’. Y luego sale otro: ‘Darth Vader en verdad sí era buena persona… el problema es que le invadieron, por no haber cerrado la frontera… yo voto por ZYX porque además de ser duro contra la inmigración, es buen fontanero’. Y así, gente adulta y con trabajos a tiempo completo.

¿Qué hay detrás de esto? Una primera respuesta sería que la gente está aburrida. El teocidio de Nietzsche, la anomie de Durkheim y el regreso del pentecostalismo –detrás de esta premisa hay mucha literatura, casi un género ensayístico por separado: El Hombre y el Significado Perdido. Otra película, esta vez para nosotros a los que los algoritmos de Netflix aún no dan pie con bola. Otra explicación es que estamos tan rodeado de ficciones que ya nos cuesta distinguir las tramas de verdad de las de mentira. Que creemos (la culpa es de Disney y de Hollywood) que la vida sucede como en las películas. Que tras la revolución cortamos a créditos.

Mi opinión en todo esto (el camarero me está metiendo prisa, tuve que haber empezado a las 2 pm y no a las tres) es que efectivamente nosotros hicimos el siglo veintiuno, pero el siglo veintiuno no está hecho para nosotros. La vaina es demasiado compleja como para que nosotros, humanos limitados, podamos realmente entenderla. Y en busca de coherencia, el bien más escaso de nuestros tiempos, hacemos de la política una película mala. De esas que vemos con palomitas. Y en esas estamos. Total, ¿qué hay perder? Si no nos gusta, cambiamos el canal. ¿No?

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