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El pragmatismo que al final, les salva

Foto: TOBY MELVILLE | Reuters

¿Por qué el Brexit nos hunde en una profunda perplejidad? Porque todavía sabemos muy poco de él. Por eso nos acibara. Y acaso nos fascina. El Brexit es un fenómeno que no nos dio tiempo a entender. El drama del Brexit, al contrario que por ejemplo fenómenos políticos como el socialismo, el fascismo o los movimientos populistas actuales, es que es inquietantemente transversal. No viene precedido por un libro o manifiesto que presente esta idea, carece de un evento fundacional que nos dé la voz de alarma y ni siquiera está localizado en una zona geográfica concreta o confinado a una clase social. Tan sólo el minúsculo y ya desahuciado, United Kingdom Independence Party (UKIP) hacía de heraldo de tal movimiento.

Es precisamente ese rasgo de unidad el que timbra, esto es, adjetiva su nombre oficial. Esa unidad, quizá, es fruto de una sociedad pragmática que huye de las rigideces

El Reino Unido no ha sido tradicionalmente un país de bandos, salvo las preceptivas divisiones que resultan de ser una democracia parlamentaria, Whig, Tory o Labour, o las que son consecuencia de su estructura social: working class, middle class y upper class. Pero ninguna de estas divisiones está circunscrita a una decisión o toma de postura concreta que deba adoptarse en un momento determinado como delirantemente acontece en España con los absolutistas y liberales, carlistas e isabelinos, monárquicos y republicanos, conservadores y liberales, católicos y anticlericales, nacionales y republicanos e independentistas o “unionistas”. No extraña que en cinco centurias el Reino Unido sólo se haya partido por la medular en tan solo dos ocasiones: católicos o defensores de la reforma en el S.XVI y leavers y remainers, esto es, defensores de la salida y permanencia en la Unión Europea. Y es precisamente ese rasgo de unidad el que timbra, esto es, adjetiva su nombre oficial. Esa unidad, quizá, es fruto de una sociedad pragmática que huye de las rigideces. Acaso sospechan los ingleses que lo rígido se quiebra fácilmente.

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El Brexit ha dividido a la población británica. | Foto: Frank Augstein | AP

El Brexit se deslizó poco a poco en la vida política británica del mismo modo que la reforma inglesa apareció lentamente allá en 1527 cambiando con frecuencia de rumbo y fisonomía. Su proceso cismático, al igual que el Brexit, está huérfano de un momento germinal. Quizá por eso, en ambos procesos, Europa trasoyó los síntomas. Al contrario que en la reforma protestante, cuando un 31 de octubre de 1517 un contumaz monje agustino clavó desafiante sus 95 tesis en las puertas del castillo de Wittenberg, la reforma inglesa se asomó al mundo desprovista de un momento significativo que valga la pena recordar salvo la humana y comprensible impaciencia de Enrique VIII por lograr un hijo varón. Estrictamente, trae causa de la petición de nulidad de pleno derecho del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón con lo que su origen estricto es pues, un simple contencioso canónico. Una cuestión administrativa para poder garantizar la continuidad de la dinastía. Su reforma, como el Brexit, vino acompañada de brumas de confusión, dividió en dos al país, estuvo a merced de los sucesos políticos y doctrinales de Europa y sobre todo estuvo sometida a continuos cambios.

El Brexit y el cisma inglés constituyen dos fracasos de la negociación política en asuntos que en su origen no eran de excesiva gravedad. Ambos procesos resultaron en el infeliz cercenamiento de dos continuidades fundamentales, la de la unidad cristiana en Occidente y la de la unidad europea. En el caso del Brexit faltó imaginación y pragmatismo para ofrecer excepciones migratorias que pudieran aliviar la inquietud de ciertos sectores sociales británicos. Tampoco el papado, intimidado por la mirada fija del Rey César Carlos I, sobrino de Catalina, y con Roma ya saqueada en 1527, fue lo suficientemente astuto para reconducir la situación ofreciendo una solución canónica. Ejemplos de pragmatismo canónico ya hubo cuando el Papa Julio II en 1503 dispensó el propio matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón por haber casado ésta previamente con su hermano Arturo o cuando el mismísimo Clemente VII concedió la nulidad matrimonial a la Reina Margarita de Escocia (hermana de Enrique VIII) quien opuso razones más flacas que las del propio Enrique VIII. Un acuerdo de nulidad, excomunión temporal, subsanación posterior, dispensa, etc. hubiera evitado el todavía controvertido y a veces incomprensible cisma. Para cuando el Papa Paulo III quiso volver a intentarlo tras la muerte de Catalina y Ana Bolena, Enrique VIII ya no estaba por la labor de renunciar a todo el poder y rentas que había obtenido con el cisma.

Como es probable que suceda con el Brexit, el cisma trajo cambios inesperados y que no fueron reclamados por los propios feligreses

En sus orígenes, la reforma inglesa no fue un movimiento de corte protestante como en Alemania o Suiza sino que fue el resultado de un largo proceso político. Compárese la reforma inglesa, más dinástica y política, con la acaecida en otros países donde fue defendida con pasión, fuerza y violencia en los que el populacho dirigía sus odios incontrolados a los altares y a las imágenes de santos y vírgenes. Como es probable que suceda con el Brexit, el cisma trajo cambios inesperados y que no fueron reclamados por los propios feligreses. Tras la muerte de Enrique VIII, ya con Eduardo VI y especialmente con la Reina Isabel I, el espectro protestante invadió la liturgia, sustituyéndose las referencias a “iglesia” por “congregación”, “confesión” por “conocimiento”, “gracia” por “favor” o “penitencia” por “arrepentimiento”. Las imágenes de los santos desaparecieron así como las de la Virgen, dejó de celebrarse la festividad de Corpus, la bendición de las palmas y la Misa de difuntos y quedaron reemplazados los altares por las Sagradas Escrituras. Y cuando las instrucciones a todas las parroquias para comprar un ejemplar de la Biblia llegaron, ni fueron bien comprendidas ni bien recibidas.

Esos cambios, de grado o por fuerza, compréndase, sorprendieron y confundieron a muchos, incluso a aquéllos que defendían un rechazo parcial a la autoridad papal. Es cierto, no obstante, que la particular reforma inglesa acusó la fisonomía y carácter del pueblo británico. Y ahí, adviértase, se condensa lo mejor del carácter inglés, su habilidad para evitar las rigideces permitiendo que aún dentro de su propia iglesia anglicana convivan corrientes casi-católicas que veneran a la Virgen y buscan la intercesión de los Santos y aquellas de corte luterano desprovistas de la sacra liturgia y circunscritas a la lectura de la Biblia. Y empero, ambas permanecen bajo la misma autoridad del monarca. En esa flexibilidad eclesiástica reside la genialidad británica y es precisamente en el pragmatismo de su anglicanismo – tan original como heteróclito – donde hay que volver la mirada.

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El Brexit ha roto la unidad que ha caracterizado durante siglos a Reino Unido. | Foto: Frank Augstein | AP

Ese pragmatismo ya ha parecido en el proceso de Brexit y como Juno, adquiere varias caras. Repárese por ejemplo en el modo en que los diputados y ministros que defendían la permanencia, trabajan ahora lealmente para llevar a cabo el Brexit. Naturalmente, su concepción del Brexit difiere de la de los Brexiteers pero su actitud ha sido disciplinada y encaminada a lograr que el Brexit no sea un proceso radical. También lo estamos viendo en las discusiones sobre un periodo de transición o la necesidad de no cerrar la frontera con Irlanda. Y cuando el abismo de un no-acuerdo emerge, en medio de cierto descontrol, los mismos británicos abrazan alternativas como el referéndum, las elecciones generales o la suspensión o revocación del infame artículo 50.

El reto del Reino Unido, su drama nacional, heideggeriano, es llegar a ser lo que es

Las grandes naciones como España o el Reino Unido están hechas de pasado. Y ello nos fuerza a tener que verlas desde la distancia del tiempo. Aún es pronto para el Brexit. La reforma inglesa resultó en un cisma inesperado y en una iglesia anglicana que a veces, quiere ser católica pero no sabe cómo. Algo similar ocurre en el Brexit, contrapunto histórico del cisma. No hay anti-europeísmo en el Brexit, salvo en minorías radicales y políticamente irrelevantes. Laten, eso sí, lentas, tristes y vagas pulsaciones insulares, nostalgia sepia de cuando nombraban desde Londres comisionados en Nairobi, gobernadores en Melbourne y Virreyes en Calcuta. El reto del Reino Unido, su drama nacional, heideggeriano, es llegar a ser lo que es. Acaso eso sea el Brexit. El Reino Unido es uno de los países más eficazmente vertebrados del mundo y esa vertebración se ha logrado, las más de las veces, merced a su pragmatismo. Cuando llegue el día en que resuelva sus tres pendencias: el control de la inmigración, escapar a la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y solucione la frontera irlandesa, el Reino Unido, como antaño, será capaz de ofrecer con generosidad a Europa lo mejor de su pragmatismo, el mismo que ha forjado sus grandes y venerables instituciones.

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