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"En México el silencio es tan letal como una bala. Es un arma de doble filo: si no callas, pagas con tu vida; si lo haces, pagan otros –y este año ya van más de 20.000 personas asesinadas–"

Foto: Bernardindo Hernandez | AP

La muerte en México es un lugar común. 

Allí, el silencio es tan letal como una bala. Es un arma de doble filo: si no callas, pagas con tu vida; si lo haces, pagan otros –y este año ya van más de 20.000 personas asesinadas–. 

Es 2012, México. Aún es julio, pleno verano. Faltan siete años para que ese país viva el cambio de gobierno más descontroladamente sangriento de su historia en democracia. Las lluvias veraniegas y el sol detrás de ellas dejan a los bosques que rodean a la capital con imágenes dignas de postal, como si José María Velasco las hubiese pintado. Sin embargo, el idilio visual está manchado de sangre: hay un muerto en el camino.   

Hay un atasco en la carretera entre la Ciudad de México y el folclórico pueblo de Valle de Bravo. Parece un accidente, pero no lo es. Quien escribe estas líneas mira desde el asiento del copiloto y se percata de que hay un cuerpo sin vida tirado en la cuneta. Sí, está uniformado y ha sido asesinado: en esa misma curva hay un coche fuera del camino con una puerta abierta, está al borde de un barranco, y a su lado yace ese cuerpo inerte boca arriba y mal tapado por una sábana (que deja ver por completo el uniforme). En pocas palabras, una escena digna de cualquier narcoserie de Netflix. Además, hay dos personas portando el mismo uniforme que el recién ejecutado, y mueven los brazos como si fuesen molinos de viento para agilizar el tráfico. No hay rastro de reporteros. 

 Sí, acabo de ver a un policía muerto en México. Insisto, no hay periodistas. Sólo están esos dos policías-molino, cuyas miradas cerradas a medias sobre unos los labios mal colgados sugieren que de esa ‘indiferencia’ depende su suerte de estar agilizando el tráfico y no entorpeciéndolo. 

Mientras conduce, mi acompañante mexicana suelta: “te dije que había pasado algo, no era un atasco”… 

Al día siguiente, no encontraré un solo diario con algo publicado sobre del policía asesinado en la carretera. Tal vez alguno muy local escribirá algo al respecto, tal vez en la página de sucesos, pero nunca daré con él. 

 

  • “En Europa, una escena así es impensable. Los sabuesos del oficio estarían hurgando hasta la médula de esa historia”, le digo a ella.  

 

  • “Ya, pero en México las cosas son distintas”. Me responde. 

 

  • “¿En qué son distintas?”, repregunto. 

 

 

Los puntos suspensivos anteriores representan un doloroso silencio. Una pausa casi calculada. Son el sustituto perfecto de una respuesta niquelada.

Ahora, en 2019, ese país está bañado en sangre. Y quien denuncia a un criminal, quien busca el origen de la metástasis social, en no pocas ocasiones termina del lado de las víctimas: con un tiro en la nuca o desaparecido en una fosa clandestina. De enero –cuando llegó el nuevo Gobierno– a la fecha, van ya más de 20.000 homicidios. Y cada día, en promedio, 10 mujeres son asesinadas. Cada mes ha sido el más violento de la historia. El año pasado, la investigación Homicidio doloso en México: reporte 2018, publicada en el portal Impunidad Cero, reveló que sólo se resuelve 1 de cada 8 homicidios. Y no hay muchas esperanzas de que el informe para este año sea mejor. Desde que comenzó este siglo, más de 100 periodistas mexicanos han sido asesinados: la organización Article 19 tiene documentados 131 casos, pero se presume que hay más. Desde enero, 12 de ellos han perdido la vida mientras ejercían la profesión. Sí, buscar información, esto que hacemos los periodistas, a muchos ya les ha costado la vida. 

Y es que en México “siempre que se busca un cadáver se encuentran otros muchos en el curso de la pesquisa”. Éstas, son palabras de Tenga para que se entretenga (1972), una ficción de José Emilio Pacheco, pero parecen tan vigentes en el México de hoy. 

Esta mañana he visto la noticia de que en Sonora (México), en la frontera con Estados Unidos, apareció una fosa común con 42 cuerpos. Fue encontrada por un colectivo de mujeres que busca a sus hijos desaparecidos (muchos jóvenes son secuestrados por el crimen organizado para servir como sicarios o traficantes). Primero encontraron 12 restos humanos, después apareció el resto. Son madres buscando a sus hijos bajo la tierra. 

Sí, en México cuando buscas la historia de un muerto aparecen las de otros. Muchos siguen sepultados en paraderos desconocidos. Parecen perdidos en horizontes inabarcables, pero en realidad lo han hecho en lo inconmensurable del silencio. 

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