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El presidente inteligente

Se diría que el principal atractivo de Barack Obama reside en su inteligencia. Es una rareza en nuestros días hallar un político cerebral, buen orador, leído y articulado, capaz de dialogar durante horas con la escritora Marilynne Robinson en las páginas de The New York Review of Books. Pero, al mismo tiempo, ese exceso de inteligencia –ese orgullo intelectual, quiero decir– constituye uno de los problemas de Obama, ya que la grandeza de un político no se mide  necesariamente por su habilidad reflexiva sino por su capacidad de tomar decisiones  acertadas, de generar consensos y consolidar una esperanza común. La pregunta sobre el juicio de la Historia al primer presidente afroamericano de los Estados Unidos sólo puede quedar en suspenso. Nadie hasta ahora ha podido acusarle de corrupción manifiesta, ni de que los fríos números de la economía no hayan mejorado, ni mucho menos reprocharle su decidido papel en la defensa de los océanos o en la extensión del seguro sanitario entre muchos americanos que antes carecían de él. Sin embargo, no es lo único que se puede decir de él o de su legado.

Ocho años después del mágico lema de campaña “Yes, we can”, los Estados Unidos son un país más dividido en el frente de la guerra cultural. Al presidente más cerebral, le persigue ahora la sombra de una sociedad amenazada por la ruptura ideológica. Una de las críticas más firmes que se le ha podido hacer a Obama es que ha sido demasiado realista en su relación con el Congreso y que, ante su inoperancia, optó por acentuar la línea presidencialista en lugar de trabajar para conseguir consensos amplios. Hacia dónde derivará esta potenciación del presidencialismo –una tendencia cesarista que, para ser honrados, no inició él, pero sí impulsó– resulta una cuestión realmente inquietante si pensamos en las eventuales consecuencias de la alternativa Trump.

Los críticos de Obama subrayan además que la mejora económica no se ha traducido en beneficios reales para las clases medias ni para las capas más empobrecidas de la sociedad. En todo caso, se trata de un fenómeno global –con causas tecnológicas, educativas, demográficas y de estructura industrial– sobre cuya solución los expertos mantienen posturas encontradas. Hablar de Obama como el presidente soñado sería hacerle un flaco favor. Al final, la Historia no deja de ser una continuidad y el auténtico valor de su legado sólo podrá ser completado –o dirimido- por sus sucesores.

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