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El primer verano

Foto: Dana Cristea | Unsplash

Este verano no veremos el mar. No iremos a la ría de Pontevedra, como los dos veranos pasados, gracias a mi empeño en pasar allí las vacaciones a pesar de lo lejos que está de Zaragoza. No nos bañaremos en la ría cuya temperatura oscila entre muy fría y fría según las corrientes y tanto le gusta a mi novio. Tampoco iremos a Francia, como los otros dos anteriores: no comeremos quesos, embutidos y patés comprados en un mercado en un coqueto pueblo francés de la costa atlántica. No me gastaré más dinero del que debería en libros en francés que tal vez nunca lea. Puede que lo más cerca que estemos este verano del mar sea la excursión que acabamos de hacer al Matarraña, que en algún momento de la historia de la tierra, era mar. Por eso en las montañas se pueden encontrar fósiles marinos. Y por eso, los fósiles de huesos de dinosaurios que se han encontrado tenían adheridos fósiles de animales marinos. Puede que tal vez por eso conserve esa luz que parece de playa.

Este verano lo pasamos en una casa con piscina y huerto, con dos perras, una gata y cinco gallinas. Los niños juegan y se bañan, chillan y se ríen y desordenan toda la casa: sacan los juguetes ya viejos, rotos, incompletos –más que juguetes casi parecen vestigios de los juguetes que fueron–, los disfraces que mi madre guardó pensando en los nietos que vendrían o quizá mi hermana no quiso tirar, llenan la casa de pinturas, de dibujos, de zapatos de tacón y de restos de comida. Se divierten y, cada noche, el cansancio hace que tenga que discutir con mi hija antes de acostarla. Luego cae rendida a los dos minutos.

Apenas recuerdo los veranos de mi infancia, todos están concentrados en el de 1991, mi verano más feliz: lo pasamos en Cantavieja, Teruel, y tuve mi primera mejor amiga, Noelia, la hija de la peluquera. Nos parecíamos en algunas cosas –las dos teníamos un hermano pequeño, de casi un año–. Y éramos muy diferentes en otras: ella se ponía morenísima y yo mantenía mi blanco nuclear por más que pasara las tardes al sol. Ese pudo haber sido mi último verano: a principios de septiembre, tuve un accidente con un kart de feria y en un hospital provincial recién inaugurado me salvaron de morir desangrada por una hemorragia interna. Ese verano, mi amiga Noelia y yo escuchábamos las canciones de Xuxa en un casete a todo volumen en el balcón e inventábamos coreografías imposibles. Lo pasábamos tan bien que merecía la pena que mi hermano mayor nos odiara un poco. Ese verano tampoco fui al mar y apenas nos bañamos en la piscina del pueblo. Hubo más veranos, pero no sé si he vuelto a ser alguna vez tan feliz y despreocupada. Ese verano descubrí que no era inmortal, y puede que fuera el último verano de mi inocencia.

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