Beatriz Manjón

El problema

«El ruido de la lonja política, amplificado por una prensa que se vende con polémica como antaño se publicitaba con sorpresa, silencia lo importante: la ineficiente vacunación, la crisis económica y los muertos, que se siguen contando a centenares»

Opinión

El problema
Foto: Chema Moya| EFE
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Cuando el CIS pregunta por el principal problema de España, sobresalen la crisis económica, la pandemia y el paro; pero, si se suman los porcentajes de todas las respuestas relacionadas con la política, estratégicamente desagrupadas, («el mal comportamiento de los políticos», «la falta de acuerdos», «el Gobierno y partidos o políticos concretos», «lo que hacen los partidos políticos»), los políticos resultarían la preocupación preponderante. No es que la política haya dejado de brindar soluciones, es que ha pasado a ser el problema; por eso su deriva autorreferencial tiene cierta coherencia. Y pudiendo los políticos seguir hablando de sí mismos y sus cosméticas lociones de censura, se entiende que molestara que Errejón abordara la salud mental y el diazepam nuestro de cada día, embriagado de esa empatía que da el descorche de la champaña electoral.

Degas, quien además de pintar disfrutaba escribiendo, se quejó a Mallarmé de ser incapaz de alumbrar buenos poemas, pese a ocurrírsele buenas ideas. El poeta le aclaró que no es con ideas, sino con palabras, como se hacen versos. Y con palabras, no con ideas, se está haciendo política. Pablo Iglesias, ese pichi que no repara en sacrificios anteponiendo la podemia a la pandemia y que cree, como Homer Simpson, que la solución de todos los problemas está en la tele, conjuga el verbo «criminalizar» y cualquier día protestará por que los votantes puedan elegirlo a él, pero él no pueda escogerlos a ellos. Un moribundo Ciudadanos se ha puesto a Edmundo por montera e insiste en «defender el centro», que suponemos será de flores para el funeral. Ayuso, que criticó la inoportunidad de las elecciones catalanas, repite «comunismo o libertad» y le falta despechugarse para guiar al pueblo como una Marianne castiza. Le ha afeado el «narcisismo» Pedro Sánchez, que es como si Belén Esteban la tildara de ordinaria, y ha presentado la alternativa de Gabilondo, que versiona al Sánchez precoaligado confesando que Iglesias le «intranquiliza». En The Wire, Stringer Bell aleccionaba a sus camellos sobre cómo vender la misma droga con otro nombre. El último estupefaciente electoral se oferta como «soso, serio y formal», porque cuando los políticos no descuellan por otra cosa, solo les queda fardar de formalidad. Y luego está Mónica García, que donde hay babosas ve caracoles desahuciados, que ha comparado Madrid con Magaluf, pues no hay que dejar que la realidad estropee un bulo con el que amedrentar al electorado para orientar su voto.

Tenemos lo que Camba llamó una política de charcutería y dos tipos de políticos, si nos guiamos por la serie Baron Noir, como Sánchez e Iglesias: los que anteponen la ambición al odio y los que anteponen el odio a la ambición. El ruido de la lonja política, amplificado por una prensa que se vende con polémica como antaño se publicitaba con sorpresa, silencia lo importante: la ineficiente vacunación, la crisis económica y los muertos, que se siguen contando a centenares. Ya dijo Valéry que «la política es el arte de evitar que la gente se preocupe de lo que le incumbe». Acaso la nueva normalidad no era más que el exceso de inoperancia, pobreza o mortalidad que podamos tolerar. Estaría bien sugerir a los partidos que, si no pueden aportar solución, contribuyan al menos con su disolución.

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