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El problema de ser yo

¿Por qué nos cuesta tanto ahorrar para nuestra jubilación, si sabemos que en unos años lo agradeceremos jubilosos?

¿Por qué nos cuesta tanto ahorrar para nuestra jubilación, si sabemos que en unos años lo agradeceremos jubilosos? ¿Por qué solemos dejar para la semana próxima lo que deberíamos hacer hoy, si eso solo hará que nos pongamos más de los nervios mañana? ¿Por qué es tan duro comprometerse meses en estudiar una oposición, o incluso una tarde en preparar un examen, sabedores como somos de que cuando nos enfrentemos a la hoja de preguntas todo esfuerzo invertido nos será grato?

Estas preguntas han atribulado a los intelectuales al menos desde Platón y Aristóteles. No tiene mucho sentido que el hombre, animal racional, cuando ve clara su meta (ser un jubilado jubiloso, aprobar un examen) y ve claros los medios que ha de usar para ella (ahorrar, estudiar) no proceda sin más a usar estos para alcanzar aquella. Sino que, bien al contrario, a menudo haga en esas situaciones lo opuesto a lo que le sería provechoso (dilapidar su sueldo, distraerse jugando con su boli). Es como si contásemos con un leño que cortar, nos proporcionaran un hacha perfectamente afilada que bien podría hacerlo, pero por motivos misteriosos nos pusiésemos entonces a tratar de aserrar la madera con un cepillo de dientes. Se diría que nos portamos como locos, tanto en este caso como en los anteriores; en todos ellos evitamos hacer lo que más nos convendría: usar el mejor medio hoy para poseer lo mejor mañana.

Por fortuna la investigación más reciente con imágenes neuronales ha empezado a proporcionarnos respuesta a este entuerto. Cada vez existen pruebas más sólidas de que nuestro cerebro percibe nuestro yo futuro no como parte de nosotros mismos, sino como si fuese otra persona. La parte de nuestra cabeza que se activa en ambos casos es la misma. Dicho de otra manera, para mis neuronas trabajar en pro de mi día de mañana se parecería mucho a trabajar gratis en pro de cualquiera de ustedes. Resultan entonces lógicas sus reticencias a hacerlo.

Este hallazgo de los neurólogos, esta extrañeza mutua entre dos de mis yoes (el actual y el futuro) no cogerá empero por sorpresa a nadie familiarizado con la poesía, con la literatura, con el pensamiento de los últimos ciento cincuenta años. Allá por 1871, con solo dieciséis añitos, ya había escrito Arthur Rimbaud su célebre “yo soy otro” (“je est un autre”). Algo más tarde, nuestro Juan Ramón Jiménez titularía uno de sus más célebres poemas como ‘Yo no soy yo’. En novela, Virginia Wolf nos narraría la historia de Orlando, un personaje de luenga vida al que el trascurso de los siglos no envejece, pero sí hace que su yo cambie espontáneamente de sexo: y resulta bien difícil planificar tu jubilación futura cuando ignoras si al arribar a ella serás varón o mujer.

También Nietzsche nos enseñó a desconfiar de nosotros mismos: el yo quizá no sea sino un engaño de la gramática, que nos hace creer que detrás de cada acción, de cada verbo, tiene que haber un sujeto solo porque hay un sujeto gramatical. En realidad, esto es tan innecesario como distinguir entre un relámpago y su resplandor o entre un trueno y su ruido. La acción de causar ruido es el trueno, no hace falta postular ningún sujeto-trueno detrás solo porque tengamos un sustantivo para él. De igual modo, las cosas que hacemos con nuestras manos, con nuestra cara, con nuestros ojos, las hacen esas partes de nuestro cuerpo: no necesitamos la hipótesis de que haya un yo más profundo por detrás solo porque, al agitar la mano y guiñar el ojo, digamos “yo saludo”.

Ahora bien, mientras la cultura occidental ha ido reconociéndonos el derecho a no estar muy seguros de si yo soy yo, parecería que el Derecho, la política y la economía han ido justo en sentido contrario. Vivimos en una sociedad individualista en que cada vez se exige a cada uno que se tome más en serio a sí mismo: tus derechos, tu voto, tu cuenta corriente, tu yo. Esto no significa, naturalmente, que tal exigencia se cumpla: a menudo huimos despavoridos de nuestro propio yo y nos sumergimos gozosos en la masa. De ahí que los ascensos del nacionalismo, del comunismo o de los fundamentalismos religiosos hayan ido de la mano, por contradictorios que parezcan, con el auge de la individualidad.

Pero ni el individualismo ni los colectivismos ponen en duda un principio básico: debes estar muy seguro de tu identidad, ya sea la del yo o la del grupo, como algo permanente y estable en el tiempo. Tú eres el mismo que mañana podrá retirar dinero de tu depósito bancario o que habrá de pagar pasado por el delito que cometa hoy; nuestra nación o religión fundamentalista debe ser la misma ayer, hoy y mañana. Nada del transformismo de Orlando o de las dudas nietzscheanas: tú eres tú, o al menos, nosotros somos nosotros; y no hay nada más que hablar.

Vivimos por tanto tiempos de escisión. Por un lado, las neuronas de nuestro cerebro, nuestra poesía y nuestro pensamiento nos dicen una cosa (que tenemos muchos yoes). Por otra, nuestro sistema político-económico-institucional nos dice la opuesta (que hay que tener una sola identidad fuerte, ya sea individual o grupal). Hoy pues, más que nunca, se nos ha convertido en un problema ser “yo”. Lo cual recuerda el que llaman chiste (a mí siempre me deja un tanto melancólico) de Rorschach en el comic Watchmen, de Alan Moore. Un chiste sobre el problema que es a veces ser yo y no poder ser otro.

Así versa: un tipo acude el médico y le confiesa que está deprimido. La vida le parece por completo lóbrega y cruel. Se siente solo. Incapaz de hallar un motivo para vivir. El doctor entonces le contesta: “Oh, el tratamiento es sencillo, no se preocupe. El gran payaso Pagliacci actúa esta noche en la ciudad. Vaya a verlo, así se animará seguro”. El hombre entonces se echa a llorar. Y finalmente balbucea: “Pero, doctor… Pagliacci soy yo”.

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