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El PSOE en un ataque preventivo de la URSS

Kissinger se quejaba de que no sabía qué teléfono marcar cuando quería hablar con Europa, y algo similar sucede a muchos con el PSOE. Polanski o el ardor nos interpelaba –como se dice ahora– preguntándonos en los 80 qué haríamos ante un ataque preventivo de la URSS. No está de más saber qué haría cada cual ante un hecho sorpresivo –atentado, accidente, catástrofe– en esta etapa de incertidumbres y riesgos globales.

Algo sucede, hay que tomar decisiones o, al menos, respaldarlas o criticarlas. ¿Qué haría el PP? Lo que Rajoy dijera. ¿Ciudadanos? Lo que Rivera dijera. ¿Podemos? Lo que Iglesias dijera. No lo que decidieran, sino lo que dijeran. El líder establece una posición, bien sea para adelantarse al ruido interno e imponer así, de facto, su decisión, bien porque es consensuada tras una discusión discreta. ¿Y el PSOE? Hablan 17 personas, más Ferraz, más alguna vieja gloria, aunque todo a la espera del crucial Comité Federal de no sé qué día. Lo que diga el líder formal está siempre en cuarentena.

La impresión final es que no se sabe qué piensa el PSOE, o que piensa cosas incompatibles entre sí –que no es lo mismo a que haya debate–, o que las circunstancias que rodean sus procesos internos priman sobre cualquier otra consideración. Sea o no así, la sensación de desasosiego que transmite a su electorado da para varios libros de Fernando Psoe rebosantes de saudade.

El Partido Socialista mantiene el tipo a pesar de su autosabotaje, de su estructura orgánica inoperante ante partidos jerarquizados. “Los grupos sin líderes efectivos se extinguen”, explica el profesor de Oxford Mark van Vught en Naturally Selected. Quizá ese instinto ancestral explica la nostalgia de Felipe González y la callada esperanza en el cesarismo orgánico de Susana Díaz. El Comité Federal pide inconscientemente que acaben con él. El debate de ambiciones disfrazado de debate de ideas servía ante un partido rival caricaturizado por el dedazo como método de selección natural. Así se diferenciaba ante su romántico público, pero ya no. No en un escenario schmittiano a cuatro donde el que exhibe sus entrañas, más que como demócrata, queda como ingenuo pagafantas cuando hay que tomar decisiones dramáticas y urgentes.

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