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El pueblo de Borrell

Foto: Francisco Seco | AP

En la era de la nuevas tecnologías se observa cómo el control social que tradicionalmente ejercían los Estados sobre sus ciudadanos cada vez más lo llevan a cabo los propios ciudadanos contra aquel político o vecino que disiente de la masa. Después de tantos años de desarrollar un sistema de contrapoderes que nos proteja de la injerencia de los Gobiernos en la vida privada, vemos cómo el pueblo toma el relevo y dicta sentencia. Ya sea aireando a través del móvil y las redes sociales la vida personal de un político, considerándolo persona non grata en un municipio, o haciéndole un escrache en las puertas de su casa.

En La Pobla de Segur, pueblo del ministro de Exteriores, Josep Borrell, un grupo de independentistas ha lanzado al río la placa en honor al político socialista. Según cuenta la periodista Leyre Iglesias en un interesante reportaje sobre el terreno, el Ayuntamiento decidió no denunciarlo ante los Mossos, como sí hicieron cuando un grupo contrario a la independencia de Cataluña atacó un monolito con la estelada colgada que se encontraba junto al consistorio.

No es nada nuevo que las instituciones catalanas solo protejan a la mitad de sus ciudadanos. Pero lo más triste ahora es ver cómo el pueblo llano siempre cree tener razón. Los motivos para justificar el reprobable acto de quitar la placa van desde que Borrell dijo que hay “que desinfectar a los catalanes” (aunque la verdad es que dijo “las heridas”) a que “los independentistas son el 80%”. La libertad de expresión y su inherente derecho a la ofensa sólo existe para Toni Albà. Y vemos cómo la mayoría lamina los derechos de la minoría.

“Yo quiero lo mejor para Cataluña”, subraya un vecino de La Pobla, que demuestra cómo el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones. Y así es como los tiranos, con corona, alzacuellos o alpargatas siempre han optado por imponernos su versión del bien a costa de la libertad de discrepar. Y quien pierde siempre es quien se dice proteger: Cataluña se hace pequeña, pierde talento y pierde riqueza. Ahora borran del paisaje al hombre que votó a favor del catalán cuando era presidente del Parlamento Europeo. Al hombre que llegó más lejos en La Pobla. Pero que cometió el pecado de no comulgar…

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