Javier Rodríguez Godoy

El quiosquero

Lo curioso, dice un quiosquero, es la incapacidad de una imagen para valer tanto como 300 palabras, a pesar del refrán. Las historias que se graban a fuego en el cerebro como marcan las reses, desprendiendo humo y grito, esas historias nos las contaron o las leímos.

Opinión

El quiosquero

Lo curioso, dice un quiosquero, es la incapacidad de una imagen para valer tanto como 300 palabras, a pesar del refrán. Las historias que se graban a fuego en el cerebro como marcan las reses, desprendiendo humo y grito, esas historias nos las contaron o las leímos.

Lo curioso, dice un quiosquero, es la incapacidad de una imagen para valer tanto como 300 palabras, a pesar del refrán. Las historias que se graban a fuego en el cerebro como marcan las reses, desprendiendo humo y grito, esas historias nos las contaron o las leímos.

“La foto de Aylan no se olvidará. Un niño muerto en la orilla es muy gordo», le dije. El quiosquero dice que sí se olvida. Como no me convencía, el tipo sacó un argumento de su biografía:

Leí de pequeño un libro de mayores, porque en Guatemala no tuvimos esa frontera de lo adecuado para unos y perjudicial para otros. Los niños tragábamos con todo porque nada era tan brutal como la realidad. En ese libro leí que inocular una imagen al lector es muy fácil, pero otra cosa es la adecuación de esa imagen al contexto: ‘un sandwich de cuchillas gillete’, ponían como ejemplo. Te lo imaginabas mordiéndolo, claro, pero no era una imagen para Guatemala.

Me habría gustado -continúa- contarle al autor lo que escuché un día. Eso sí fue un ejemplo revelador del poder de las palabras:

«La fachadas de mi bloque amanecieron con ‘Hija de puta’ y ‘Si no estás con nosotros, muerte’. Pisé un cuerpo de camino a casa. Le faltaban las uñas y le quedaban posos de carne cruda en los dedos. No vi el barrote en la ventana del colegio porque acabó traspasando el cuello de la profesora. La barra sostenía la cabeza y el cuerpo abierto por el vientre. El feto lo llevaba en la mano. ‘Así acaban los que no están con nosotros'».

Luego el quiosquero admitió que la experiencia se la contó a una mujer de unos 50 años. “Se la robé y me parece que ahora viene a cuento. La mujer me comentó que quería escribir su biografía y que buscaba modos de narrarla, no sabía si escribiéndola o pintándola».

Me volví pensando que la fuerza no estaba en las palabras, sino en que lo que contaban fuera real.

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