Hermann Tertsch

El rapto de las niñas negras

Son nada menos que 187 niñas y llevan desaparecidas desde hace quince días en el estado de Borno, en el noreste de Nigeria. Fueron secuestradas por un grupo de terroristas islámicos del bárbaro grupo de Boko Haram.

Opinión

El rapto de las niñas negras

Son nada menos que 187 niñas y llevan desaparecidas desde hace quince días en el estado de Borno, en el noreste de Nigeria. Fueron secuestradas por un grupo de terroristas islámicos del bárbaro grupo de Boko Haram.

Son nada menos que 187 niñas y llevan desaparecidas desde hace quince días en el estado de Borno, en el noreste de Nigeria. Fueron secuestradas por un grupo de terroristas islámicos del bárbaro grupo de Boko Haram.

Eran más al principio las víctimas, pero cuarenta alumnas lograron huir en la confusión de los primeros momentos del secuestro en el internado en el que estudiaban. No hay huella alguna de ellas. Y se dan los peores temores. Que hayan sido vendidas “al por menor” en el Chad o Camerún. O hayan corrido, todas ellas adolescentes, un destino aun peor.

Boko Haran es ya la peor amenaza de seguridad de Nigeria, un país de 170 millones de habitantes. Este grupo del peor fanatismo islamista combate todo contacto de musulmanes con hábitos y educación occidental. Y mata sin descanso. Boko Haram se ha convertido en una peste asesina en el norte del país donde en los primeros tres meses del año ha acabado con la vida de más de 1.500 personas. La mayoría de ellos cristianos, cuyas escuelas e iglesias son su principal objetivo. Es posible que muchos de los que lean esto no hayan oído hablar de esta terrorífica banda de asesinos. Y que no supieran del horror de esta desaparición de 190 niñas pequeñas e indefensas arrebatadas a sus familias por unos hombres sin piedad. El secuestro o la desaparición de una niña pequeña conmociona siempre. A todo un país.

Conmueve a todos imaginar a sus padres. Imaginen esta desaparición multitudinaria. Pues no puede ni de lejos competir esta tragedia por ejemplo con la ejecución malograda de un condenado a muerte en Oklahoma. Que a todos nos parece terrible. Tampoco compite en atención pública con otras tragedias, especialmente si tienen niños de protagonistas. Todos se habrán indignado alguna vez, y con muchísima razón, cuando un niño palestino ha sido víctima de la violencia en Israel. Incluso en las ocasiones en que después se ha sabido que el incidente había sido, como tantas veces, un montaje propagandístico para los periodistas occidentales, tan ávidos allí de mostrar la peor cara del Estado judío.

Del rapto de las niñas negras no sabemos casi nada. De las iglesias quemadas por Boko Haram solo tenemos malas fotografías de colaboradores locales de las agencias de prensa. Y algún video aficionado que pasa por encima de decenas de cadáveres carbonizados y humeantes de feligreses católicos asesinados en las iglesias y las escuelas incendiadas. En los medios occidentales, de las sociedades que deben su desarrollo, cultura y civilización a sus raíces judeocristianas, apenas se presta atención al exterminio de cristianos, sea en África u Oriente Medio. En algunas regiones, la cultura cristiana está siendo literalmente borrada del mapa.

En países por los que peregrinaron los apóstoles y con raíces cristianas en los primero siglos de nuestra era, son erradicados ante indiferencia de unos y satisfacción de otros. En el Estado de Borno mientras tanto, los padres de las niñas raptadas claman contra la pasividad del gobierno nigeriano, contra la falta de información y de actividad, contra la indolencia y la pasividad ante el abuso, la violencia y su terrible dolor. Esas plagas de allí tanto como de aquí.

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