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El regreso de la clase

Foto: Alexis Duclos | AP

Escribe Foucault en Microfísica del poder (“Curso del 14 de enero de 1976”): “No considerar el poder como un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre los otros, de una clase sobre las otras; sino tener bien presente que el poder, si no se lo contempla desde demasiado lejos, no es algo dividido entre los que lo poseen, los que lo detentan exclusivamente y los que no lo tiene o lo soportan”. Si el lector o lectora arruga el gesto, y más en un día como hoy, Foucault prosigue, explicando cuál es para él la naturaleza del poder: “El poder tiene que ser analizado como algo que circula o, más bien, como algo que no funciona sino en cadena. No está nunca localizado aquí o allí, no está nunca en las manos de algunos, no es un atributo como la riqueza o un bien. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes no sólo circulan los individuos, sino que además están siempre en situación de sufrir o ejercitar ese poder, no son nunca el blanco inerte o consintiente del poder ni son siempre los elementos de conexión. En otro términos, el poder transita transversalmente, no está quieto en los individuos”.

Cuando Marx define la lucha de clases a mediados del S. XIX, se le plantea la posibilidad de describir unas categorías discretas de dominados y dominadores en torno a la propiedad de los medios de producción. La idea es exitosa, entre otras razones porque el mundo industrial, con sus masas campesinas desplazadas a la ciudad, se presta a esta separación nítida entre haves y have-nots; y porque la asimilación entre las nuevas élites industrial-comerciales y las viejas clases señoriales de origen feudal es demasiado patente para ignorarla. Andando el tiempo, la introducción de políticas welfaristas, la incorporación a la política democrática de las masas obreras y, ya tras la II Guerra Mundial, la era dorada del crecimiento económico y la nivelación de rentas en Occidente, contribuyen a difuminar la idea de clase. Los movimientos revolucionarios occidentales adquieren un matiz de “vivencia” de élites -que siempre tuvieron en sus vanguardias, pero que la dureza material de la vida y de la represión aún enmascaraba hasta la mitad del siglo-, y sería tópico citar el famoso poema de Pasolini sobre los estudiantes y los policías. No obstante, el foco de la dialéctica entre opresores y oprimidos se había
trasladado para entonces a los márgenes del mundo occidental, a la lucha anticolonial; que, de nuevo, ofrecía un telón de fondo apropiadamente contrastado entre los que mandan y los que obedecen.

A pesar de que una idea tradicional de clase ligada a un partido político o ideología parece definitivamente muerta con el ascenso de las inquietudes posmaterialistas, que no dejan de ser expresión de la mentalidad liberal-capitalista en cuanto elección personal de afinidades; y con los remanentes de la vieja clase obrera votando casi por igual a partidos socialdemócratas, conservadores o populistas de derechas, la idea de clase ha regresado con fuerza tras la Gran Recesión. Lo ha hecho por la puerta de atrás, porque incluso las élites de izquierdas habían perdido en las últimas décadas el hábito, y porque los comentaristas a menudo se limitan a aplicar de manera rupestre esquemas de marxismo vulgar a una realidad compleja, que no es la del Manchester de 1860. La clase es un animalito delicado, compuesto de elementos materiales, pero también, como supo ver Bourdieu, de otros “capitales”, percepciones y deseos. Pero hay algo más: las políticas de la identidad intentan trasladar con más o menos fortuna la dialéctica de la lucha de clases o la liberación colonial al terreno de las identidades raciales, de género o sexuales, a “estilos de vida”, definiendo un nosotros y un ellos. Allí donde la lógica liberal decretaba una separación nítida entre la esfera privada y la pública, todo lo personal es ahora político, y es político en la medida en que la adscripción a una identidad convierte al sujeto en víctima de un poder que se ejerce contra él.

Aquí es donde interesa volver a Foucault: en una sociedad compleja el poder se ejerce de muchas formas y en muchas direcciones. Quién lo ejerce y quién lo sufre, depende en buena medida, sí, de la pertenencia a determinados colectivos. Pero en el grano fino, a equilibrios de fuerzas más complejos, que obedecen a la posición en jerarquías, no necesariamente formales, del trabajo, organizativas, económicas o de carácter, o a la pura suerte. Foucault señala, aunque pueda parecer frívolo, que el poder siempre se dan entre individuos concretos y en contextos concretos, y que allí donde existan dos individuos existe, se quiera o no, una relación de poder. La paradoja es que esta consideración rigurosamente atómica del poder paraliza, pues la acción emancipadora ha
de ser necesariamente colectiva, y la colectividad sólo se funda sobre la ficción de una opresión compartida de igual manera por todos. Volviendo a la Microfísica del poder, unas páginas más allá del Curso de 1976, unos maoístas franceses le explican a Foucault ingenua y crudamente que no puede fundarse la revolución sobre la neutralidad valorativa absoluta: cuando el filósofo les habla del tribunal como una forma quintaesencialmente burguesa, incluso en su propia configuración física, con una mesa que separa al acusado y los jueces, ellos le replican: “Es cierto, pero de alguna manera hay que juzgar a los enemigos de la revolución”.

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