José García Domínguez

El retorno de Al Qaeda

«Ellos matan, nos matan, porque anhelan, y de un modo desesperado, algo parecido a una identidad, una identidad de la que no tengan que avergonzarse»

Opinión

El retorno de Al Qaeda
José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Vuelve Al Qaeda, si es que alguna vez se fue, a su recóndito pedregal afgano. Dispongámonos, pues, a escuchar el enésimo revival del tópico canónico más recurrente a propósito de eso que se ha dado en llamar islamismo radical, perfecto absurdo terminológico que quiere dar a entender la ignota existencia de algún islamismo ontológicamente manso y moderado. Hablamos de la habitual ristra de lugares comunes sobre el célebre choque de civilizaciones (nunca un libro fue menos leído y más citado su título) cuyo corolario retórico apela de modo invariable a un inminente y fatal retorno a la Edad Media. Huera charlatanería. Sí, charlatanería, aunque solo fuera porque en la Edad Media jamás existió nada que recordase siquiera remotamente al terrorismo. ¿Qué tienen de medievales esos lobos solitarios que se inmolan embutidos en un cinturón de explosivos mientras invocan a Alá? Nada. Como tampoco en nada el ISIS o la criatura primigenia de Ben Laden remiten a cosmovisión medieval alguna. Bien al contrario, sus raíces comunes, y tanto las intelectuales como las morales, no procede buscarlas en desiertos lejanos ni en montañas remotas, sino aquí mismo, en nuestra propia casa, en el núcleo la tradición política europea y occidental. El islamismo más visceral y armado irrumpió imbuido de un nihilismo iconoclasta y apocalíptico que nació, creció y se reprodujo en Occidente.

Un muy occidental nihilismo iconoclasta y apocalíptico que, por lo demás, nunca ha acabado de morir del todo entre nosotros. A fin de cuentas, nada más europeo y occidental que lanzar una bomba contra el público anónimo e inocente que contempla absorto una función de ópera o que simplemente pasea con sus hijos por cualquier bulevar. La propaganda por la acción, el sustrato teórico que inspiró tantas carnicerías indiscriminadas a cargo de los anarquistas decimonónicos, tiempo después emulados por los terroristas de ambos extremos cuando el sangriento siglo XX, es el espejo donde se quieren ver reflejados hoy los islamistas de todo pelaje, un modelo que para nada remite al islam tradicional y arcaizante. No nos sigamos engañando al respecto. Lo en verdad radical de los islamistas es su absoluta modernidad. La idea, tan cara a todos esos barbudos furiosos, de que es factible crear otro mundo nuevo sobre las cenizas de una civilización decadente merced a la violencia prometeica y purificadora tiene mucho más que ver Nietzsche o con las Brigadas Rojas que con las enseñanzas dogmáticas de cualquier teólogo musulman del siglo XV. Son tan peligrosos porque vienen de nosotros.

Como de entre nosotros vienen todos esos europeos de nacimiento que el día menos pensado agarran un fusil ametrallador, cuando no un simple cuchillo de cocina, para matar a cuantos tengan la mala suerte de cruzarse a su paso. Porque las cosas resultarían mucho más sencillas de explicar si resultasen ser antiguos combatientes en cualquier guerra de las mil de Oriente Medio. Pero no son nunca airados mujaidines prestos a vengar al Profeta en la tierra de los infieles, sino tristes y vulgares hijos del desarraigo y de la marginalidad nacidos y criados en cualquier suburbio sórdido de alguna periferia suburbana europea. Esos suicidas grises saben mucho más de pornografía en internet, de videojuegos, de cómics o de música  rap que de las suras del Corán. Como los otros, sus héroes lejanos, también son hijos de Occidente. Pero su razón para matar, para matarnos, es distinta. Ellos matan, nos matan, porque anhelan, y de un modo desesperado, algo parecido a una identidad, una identidad de la que no tengan que avergonzarse. Su odio contra Occidente no se lo inculcaron imanes fanáticos en ninguna mezquita de barrio, sino que se incubó poco a poco en la humillación rutinaria de su vida cotidiana. Pequeños delincuentes, habituales de los empleos precarios menos valorados y peor pagados, perceptores crónicos de la limosna institucionalizada por los servicios sociales del Estado… Siempre los últimos entre los últimos dentro de la pirámide social. Y la fantasía islamista les ofrece la ficción de poder ser algo a ojos de su comunidad y, sobre todo, de sí mismos. Quieren, y de un modo desesperado, ser lo que no son. Por eso matan, nos matan, y por eso mueren. Ahora volverán.

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