Daniel Capó

El retorno de la Inquisición

El fanatismo oculta, bajo el manto de la asimilación cultural, la mancha étnica: la sangre como un supuesto criterio de ortodoxia. Así, es el hombre en su totalidad quien peca y se condena, y no sólo sus ideas o sus pensamientos. En el pasado lo biológico -esa evidencia de la carne- actuaba como signo de la herejía. Todavía hoy lo hace. Pensemos en la brujería que constituía una perversión propia de las mujeres o en el racismo, antes y después de Hitler. En un mundo monocolor, pequeños matices culturales sustentan la sospecha étnica: «Judaizar –dirá José Jiménez Lozano refiriéndose a la época de la Inquisición– es guisar con aceite en vez de con manteca, matar las aves sangrándolas y enterrar la sangre, pasar la uña por el filo del cuchillo para comprobar que no tiene mella, pero también dejar candiles encendidos por la noche, sobre todo los viernes, mudarse de camisa ese día o ponerse ropas mejores que las de diario en sábado, echar sal en el candil, que la chimenea no humee las mañanas ni las tardes del sábado, incluso en invierno. […] Pero signo de no ser de la casta cristiana será también poseer un cierto oficio útil o sentir desasosiego intelectual, practicar la medicina o andar con libros…».  

Opinión

El retorno de la Inquisición
Foto: RRSS
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

El fanatismo oculta, bajo el manto de la asimilación cultural, la mancha étnica: la sangre como un supuesto criterio de ortodoxia. Así, es el hombre en su totalidad quien peca y se condena, y no sólo sus ideas o sus pensamientos. En el pasado lo biológico -esa evidencia de la carne- actuaba como signo de la herejía. Todavía hoy lo hace. Pensemos en la brujería que constituía una perversión propia de las mujeres o en el racismo, antes y después de Hitler. En un mundo monocolor, pequeños matices culturales sustentan la sospecha étnica: «Judaizar –dirá José Jiménez Lozano refiriéndose a la época de la Inquisición– es guisar con aceite en vez de con manteca, matar las aves sangrándolas y enterrar la sangre, pasar la uña por el filo del cuchillo para comprobar que no tiene mella, pero también dejar candiles encendidos por la noche, sobre todo los viernes, mudarse de camisa ese día o ponerse ropas mejores que las de diario en sábado, echar sal en el candil, que la chimenea no humee las mañanas ni las tardes del sábado, incluso en invierno. […] Pero signo de no ser de la casta cristiana será también poseer un cierto oficio útil o sentir desasosiego intelectual, practicar la medicina o andar con libros…».  

Hablamos por supuesto de un tiempo antiguo, que perdura hoy secularizado en forma de pulsión totalitaria: una verdad doctrinaria que se impone a la conciencia y que exige un juramento de lealtad. Sospechoso resulta en nuestros días aquel que oponga alguna discrepancia a la corrección política, aquel que no  tenga el acento correcto o no milite en el lugar adecuado, todo aquel que sencillamente no comulgue con el rencor que se asocia a una pretendida  superioridad moral. «Para mí –escribe el ensayista portugués Bruno Maçães– el más extraordinario fenómeno cultural de nuestro tiempo es el retorno de la Inquisición». Es un hecho palpable, cotidiano, no sólo en los medios de comunicación o en la clase política. La vida social se vuelve más incómoda entre los aplausos de uno o varios fanáticos que actúan con la perversa lógica del puritano. Primero incómoda, más tarde se vuelve irrespirable. En estos casos, callar ante la avalancha de la falsa moral del populismo supone la antesala de la derrota. Callar, sencillamente, no representa una alternativa si queremos que perduren nuestras libertades.  

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