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El retorno del rey

"Los héroes de mi infancia fueron los personajes de Kirby. El héroe de mi adolescencia, el propio Kirby"

Foto: Susan Skaar | Kirby Museum

Jack Kirby se las tenía muy tiesas con Jim Shooter, editor en jefe de Marvel, cuando DC le hizo una oferta difícil de rechazar. Así, en 1970 el creador de los Vengadores aterrizó en la Distinguida Competencia en calidad de estrella (los tebeos mensuales blandían un enfático Kirby is coming!) y con una libertad creativa casi absoluta. Como las series de la casa le resultaban indiferentes, el editor Carmine Infantino le dio un consejo: elige una que no se venda mal y haz con ella lo que te dé la gana. Lo que vino a continuación es historia del cómic. Baste decir que en la colección de Jimmy Olsen, el fotógrafo pelirrojo del Daily Planet y fiel escudero de Superman, nunca se había visto tal derroche de imaginación.

Osada fue la decisión que pocos meses después tomó el editor Infantino. Viendo que no dejaba de inventar conceptos y personajes, le ofreció tres series más. New Gods, Mister Miracle y Forever People salieron al mercado en un momento tan imposible como el Cuarto Mundo en que se ubicaban: las ventas del cómic-book llevaban desde finales de los sesenta desmoronándose, a lo que se respondía a destiempo con progresivas subidas de precio. Mi favorita de todas ellas es Mister Miracle, que narraba las hazañas del escapista Scott Free. Kirby aún respiraba por la herida cuando coló en el sexto número varios trasuntos de los jerifaltes de Marvel. El boquirrubio Funky Flashman, ególatra vendehumos con peluquín, era un remedo de Stan Lee, y su criado Houseroy recordaba a su vez a Roy Thomas, guionista estrella de la Casa de las Ideas y fiel compinche de Stan the Man.

Pintaban bastos. Cuando autores como Will Eisner proponían un cambio de formato, lo que entre otras cosas habría trocado las drugstores por librerías, la crisis del petróleo terminó de hundir el mercado. Todo indicaba que el tebeo de grapa era incapaz de competir con los juegos de rol y las primeras videoconsolas. DC acudió al banderín de enganche de la exitosa El planeta de los simios y propuso a Kirby una serie del estilo. Apareció entonces el fabuloso Kamandi, un jovencito perdido en un mundo posapocalíptico en que, tras el llamado Gran Desastre, los humanos son dominados por animales evolucionados (no solo simios, sino también felinos y roedores) y donde, viniendo o no a cuento, seguían apareciendo los fetiches del autor, como los gángsters de Chicago. Pero el Gran Desastre no era el de Kamandi, sino el del mundo del cómic.

Si de milagros hablamos, el colosal resurgimiento de sus creaciones sería el tercero -póstumo, además- de este santo sin peana. ¿No son tres los que exige la Santa Sede para la canonización? Los dos primeros serían, respectivamente, el Universo Marvel y el Cuarto Mundo. Sirva el estimulante Mister Milagro de Tom King y Mitch Gerards, reunido por ECC en un solo tomo, de inmejorable ejemplo. ¿Acaso quien no participe de este fervor puede entender mi regocijo al contemplar de nuevo la pétrea faz de Darkseid, o mi fascinación infantil al columbrar los tejados de Nueva Génesis y los pozos humeantes de Apokolips, reformulados, reconstruidos y reinventados con arrojo kirbyano?

No exagero. Hasta el más acérrimo sabe que al común de los mortales le dicen poco los nombres de Big Barda, Himón o la Abuelita Bondad. Imposible es contagiar esta pasión a quien no la contrajo en la niñez. Todos caímos de hinojos ante alguno de esos conceptos inverosímiles que se quedan fijados en la memoria: pudo ser el casco de Magneto o el trono de Metrón, el visor de Cíclope o el Hermano Ojo de OMAC, las ranas del rey Salomón o la Legión de Repartidores... Mi buen amigo Jorge San Miguel ofrece un ejemplo más extremo, pues quedó prendado de King Kirby con Dinosaurio diabólico, las aventuras de un homínido prehistórico que cabalga a lomos de un T-Rex rojo. ¿Llega uno, andando el tiempo, a recuperarse del influjo? Los héroes de mi infancia fueron los personajes de Kirby. El héroe de mi adolescencia, el propio Kirby. Su estampa en el atril, confiado en su estilo y fiado a su imaginación, con un puro entre los dientes y el veloz lápiz en ristre, sigue resultándome inspiradora. No son pocas las enseñanzas que se extraen de su magisterio. ¡Viva el Rey!

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