Jorge San Miguel

El 'roast' autonómico

«Tenemos la TV y la vida llena de graciosetes que no hacen gracia, que se limitan a pegarle collejas al tonto del pueblo para darle gusto al señorito»

Opinión

El 'roast' autonómico
Foto: Wikimedia Commons

Ya saben ustedes que me interesa el humor. Practicarlo –cuando se puede, y a ser posible de forma voluntaria– y pensar sobre él. Me pregunto a veces por los géneros y por qué se hace tal cosa y tal cosa no. Por ejemplo, el roast. El roast es un género que popularizó Don Rickles en los 50 y que consiste básicamente en insultar a alguien de la audiencia –él empezó por Sinatra, que una noche fue a ver su espectáculo en Miami: tenía más mérito–.

Aquí no tenemos a Sinatra, pero hay gente que también manda mucho y se codea con hampones. Algunos hasta cantan. La gracia del roast es insultar a alguien que sea alguien, porque si no qué más da; y es asimismo necesario que esté de cuerpo presente para que el juego cómico sea completo. Sin embargo, en España se lleva más otro tipo de roast, que va de insultar al espantajo, a la caricatura, al que no comparece o no se puede defender. Se hace en programas de la tele cada día, también la nacional, aunque en esto como en todo fueron pioneros los catalanes. Polònia iba de reírte del servicio, y estaba tan bien hecho que el servicio se reía. Ahora en Movistar burgueses desclasados se ríen de los currelas que pagan la suscripción, y de nuevo algunos aplauden. Todo esto ya lo he escrito y no hace falta insistir.

Lo sustancial del caso es que no faltan objetos para el roast en España. Tomemos por ejemplo el folklore autonómico. Hace unos días nos enteramos de que en algún pueblo el Olentzero amonesta a los niños que no le escriben en euskera. Yo de pequeño no dejé de creer en los Reyes Magos de golpe: tuve una fase intermedia en la que creía que eran una agencia del ayuntamiento. Bueno, pues eso es exactamente el Olentzero: de modo que la amonestación en realidad viene de la covachuela de algún funcionario. Ya sería malo que un carbonero se dedicase a amenazar a los menores y a incordiar a sus familias; pero es que además es un funcionario que pagan esas mismas familias. Y, ojo, que, como escribió Martínez Zarracina en El Correo, el Olentzero tiene razón, y si alguien lo sabe bien es el funcionario: sin euskera no hay regalos. Podríamos leer la amenaza como una piadosa advertencia desde el futuro. Pero hay en la operación un trasfondo de sociopatía que es preciso tomarse con humor, porque de lo contrario le pueden dar ganas a uno de pegarle fuego al ayuntamiento. Díganme ustedes si la cosa no da para un roast; o para una sitcom, como aquel episodio de Seinfeld en que Kramer, disfrazado de Santa Claus, intenta convertir a los niños que se le sientan en el regazo al comunismo.

Pero, sorprendentemente, a nadie se le ocurren los chistes más bestias. Es verdad que se ha hecho humor autonómico, de Vizcaíno Casas a ¡Vaya semanita! y los productos de Borja Cobeaga. Bien está. Pero al final ha derivado ante todo en costumbrismo, en una serena aceptación de las cosas como dadas. Es, paradójicamente, un humor setentayochista, del consenso, del buen rollito. El roast sería otra cosa. Lo contrario, incluso: un momento quevediano-burroughesco en el que todo apareciese exactamente como es. Un concejal de festejos extorsionando por carta a los niños. Otro fulano que se mete en la cama de los menores y los palpa. Que te exijan el bable para trabajar. Gente desplazándose de comunidad para que le den pañales a una anciana. Que te multen por rotular en castellano. Que a una ministra le pongan un pinganillo de traducción de pega en un acto oficial. En fin, la risa.

Pero no. Quizás porque los destinatarios del roast autonómico serían los mismos que pagan teles, becas y publicidad institucional. En los 80, con dos canales de tele en un puño sociata -vivíamos “en un contexto de franquismo”, como dijo aquel-, había gente metiéndose en líos a diario por cantar lo que no debía, por decir lo que no debía o por disfrazar a un enano de presidente del gobierno. ¡Y hoy no se mueve ni Dios! Tenemos la TV y la vida llena de graciosetes que no hacen gracia, que se limitan a pegarle collejas al tonto del pueblo para darle gusto al señorito.

Hay que decir que yo estoy incapacitado casi genéticamente para percibir ciertas ofensas. La Comunidad de Madrid tiene un himno que compuso Agustín García Calvo, y de ahí para abajo. Y de mi otra patria chica qué les voy a contar. Una comunidad inventada por el partido que la gobierna y cuyo ser histórico se ha expresado transformando una mina romana en corral de elefantes. Eso y que, ya lo he escrito por aquí, estoy de acuerdo con la mitad o más de los diputados del Congreso en que el 78 empieza a tener mal color –quant à moi… quant à moi ça ne va plus très bien! Y muerto el 78, todo está permitido. Desde luego, que no vengan a exigir buen rollito o que no me ría de las parafilias de la gente. (Otra cosa que da mucha risa, ahora que lo pienso, es el raca-raca federal). Vamos a jugar. Digamos las cosas como son. Andando el tiempo igual llegamos a algo, aunque sea por agotamiento. Entre tanto, y con la mitad o más de los diputados del Congreso dedicados activamente a desmontar el Estado, ya no es que no se haga humor para nosotros: es que el chiste es a nuestra costa.

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