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El Roomba, o del turnismo al turrismo

"Ahora hay dos paredes, que es lo que se pretendía, y el roomba va de una a otra haciendo un ruido sordo que no significa nada. Dejamos atrás el bipartidismo pero parece que vamos a ir a un turnismo sin Turno"

Foto: Kowon vn | Unsplash

Me he comprado un Roomba. Cuando estoy en casa, echo los ratos muertos viendo cómo deambula por la sala de estar. Avanza decididamente hacia una pared hasta que entra en contacto con ella y se da la vuelta. Y así una y otra vez. A los perros también les resulta absorbente, aunque su interés está txeñido de inquietud. Quizás les sugiere la posibilidad aterradora de que ellos sean también autómatas. O igual es que hace un ruido raro. No sé si limpia mucho, pero es muy entretenido; al menos por el momento.

Hay cosas que entretienen hasta que dejan de entretener. El Gobierno, por ejemplo. Llevamos más de año y medio entretenidos, y ni siquiera había Gobierno de verdad. Ahora ya tenemos. Pero no parece que vaya a cambiar gran cosa. Se ha formalizado la suma de la moción de censura, se han creado unos ministerios-potemkin para acomodar a gente que requería acomodo y se anuncia que quizás cambiemos el código penal para desacomodar a otra gente que está en la cárcel. Peccata minuta.

De todas estas cosas nos vamos enterando entre espasmos, porque la conversación a menudo va por otros derroteros, y siempre parece desplazarse como el Roomba entre paredes de ladrillo. Ahora hay dos paredes, que es lo que se pretendía, y el Roomba va de una a otra haciendo un ruido sordo que no significa nada. Dejamos atrás el bipartidismo pero parece que vamos a ir a un turnismo sin Turno, un turnismo en el que la oposición no es el futuro Gobierno sino un necesario espantajo que impide cambiar de gobierno. Es, quizás, la sublimación del proyecto socialista de Zapatero, pero han hecho falta un consultor de derechas y un apolítico del Ramiro de Maeztu para llevarlo a término. También han logrado la culminación del sueño hiperdemocrático del 15M; y lo han hecho a oscuras y sin responder preguntas, que seguramente era la única manera.

Tenemos por fin un gobierno progresista y feminista, motivo por el que ya no es preciso hablar de cosas desagradables como que a unas niñas tuteladas por la administración las prostituyan. Vamos a refundar el capitalismo y, con un poco de suerte, igual hasta se aprueban unos presupuestos que sustituyan a los de Montoro. También frenaremos el cambio climático, si no lo impide el “pin parental”. Todo es nuevo y todo está gastado.

Está todo gastado porque todo lo que se podía escribir del gobierno que empieza se ha escrito este año y medio que acaba. Lo escribimos unos; y lo escribió el propio gobierno, como si, al negarlas, apuntase minuciosamente todas las cosas que iba a hacer más adelante. Ahora además van a crear una oficina de prospectiva, para ver venir los embustes con tiempo y poder planificarse mejor.

Todo queda por escrito y todo está a la vista, a la plena luz del día. Los voceros de la coalición de gobierno se pasan el día hablando de los jueces. A veces piensa uno que se están poniendo los cimientos de un cambio de régimen. Eso también hay quien lo ha dejado por escrito. Pero, claro, uno no quiere ser el tipo de persona que dice esas cosas. Se puede criticar a Orbán, se puede citar a Stefan Zweig y a Isaiah Berlin, se pueden escribir artículos lloricas sobre la muerte del consenso, pero nadie quiere ser ese tipo desabrido que acaba vociferando en la radio por las mañanas o en el bar por las noches. Cabe la posibilidad de que el tipo desabrido tampoco quisiera serlo.

No quiero ser desabrido. Me va bien en la vida. Es solo que no sabe uno cómo relacionarse con esta realidad. Quizás solo quepa hacerlo a través del humor. No me he comprado ningún Roomba, pero esa es la más inocente de las mentiras que aparecen en este artículo. Me temo que las otras acaben teniendo consecuencias. El mundo no soporta demasiada verdad, pero tampoco dosis tan ínfimas como las que nos proporcionan últimamente.

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