Jaime Mariño Chao

El secreto de la longevidad

Se desconoce el secreto de la longevidad del padre Clemens, que lleva desde 1936 dando guerra o, mejor dicho, repartiendo paz, en las trincheras espirituales de los púlpitos de Bélgica.

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El secreto de la longevidad

Se desconoce el secreto de la longevidad del padre Clemens, que lleva desde 1936 dando guerra o, mejor dicho, repartiendo paz, en las trincheras espirituales de los púlpitos de Bélgica.

Se desconoce el secreto de la longevidad del padre Clemens, que lleva desde 1936 dando guerra o, mejor dicho, repartiendo paz, en las trincheras espirituales de los púlpitos de Bélgica. Él mismo insiste en que la maravilla de llegar a los 105 años en perfecto estado de salud y con todas las facultades en marcha radica en que ha llevado una vida metódica. Parece ser que siempre se acuesta y se levanta a la misma hora, siempre realiza las mismas tareas y recorre el mismo trayecto para ir a trabajar.

No parece que sea ese el quiz de la cuestión, porque yo hago lo mismo y no me auguro ni mucho menos los mismos resultados. Es decir, me acuesto y me levanto a la misma hora y trabajo, voy, vengo, subo bajo, paella del domingo, rutinas… Y es que todos, de Ronaldo a Matías Prats, tenemos nuestras rutinas y vivimos envueltos en ellas, todos los que no somos Jesús Calleja, claro.

Quizás tenga más que ver con la lentitud. El padre Clemens ha vivido lentamente. A su alrededor el mundo se ha movido, hay coches, internet, aviones, transbordadores espaciales, túneles bajo el canal de La Mancha; pero él parece no haberse movido, semeja habitar en su perfecto universo personal cristiano, en el que cada cosa está en su sitio y cada efecto encuentra su causa.

Entonces, ¿puede aconsejar útilmente a sus fieles, servir a su comunidad? ¿puede entenderles si él proviene “de otra época”?

La respuesta me vino hace años, cuando conversé con un fraile franciscano nonagenario que acababa de finalizar una larga jornada penitencial de confesionario. Imaginé que estaría escandalizado por los pecados terroríficos que le pudieran haber confesado los adolescentes y jóvenes y le pregunté:

-Qué, padre ¿Cómo ve a estos chavales? Se habrá asombrado de lo que ha escuchado ¿no?

– Nada nuevo – me contestó – todo está inventado. Los pecados son los mismos que los que cometían sus abuelos. Y lo que buscan es lo mismo que buscaron ellos y, después de ellos, sus padres: su lugar en el mundo.

Encontrar realmente nuestro lugar en el mundo, aquel en el que poder luchar con alegría por ser la mejor versión de nosotros mismos, ese puede ser el verdadero secreto. Ojalá todos lo encontremos como lo ha encontrado Jacques Clemens.

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