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El sexo, los pistachos y la ley

Foto: Clem Onojeghuo | Unsplash

Le he llevado pistachos a mi psiquiatra.

–¡Ah, pistachos! –exclama–. Te explicaré la diferencia entre voluntad y coraje. La voluntad es la energía necesaria para resistir la tentación del primer pistacho y, el coraje, para resistir la del segundo. A mi amigo Miguel –me dice sin parar de comer– le interrumpieron la luna de miel, convocándolo a unas entrevistas para el trabajo de su vida. No pudo superar la primera, por culpa del test de Rorschach, el de las manchas. En cuanto el psicólogo le enseñó una lámina, vio con claridad una imagen. Pasó como pudo el mal trago. Pero en la segunda veía lo mismo, y en la tercera… así que explicó que estaba en plena luna de miel y que no podía pensar más que en una cosa. Se levantó y se fue.

Como pistachos sin saber qué decir.

–A un importante militante del PCE –continúa–, exiliado en México, dirigente de la revolución de Asturias y comandante en el ejército republicano, el partido le ordenó viajar a Cuba a finales de los años 40 con una delicada misión, pero se negó. “Camaradas, que no puedo, que ando encoñado con una mexicana y no estoy para otras labores. Esperad a que me tiemple un poco y mandadme a lo que sea, que iré con los ojos cerrados, pero en estas condiciones, no soy de fiar”. Le montaron un proceso, presidido por un importante filósofo comunista que no había entendido nada del Banquete de Platón y lo expulsaron por anteponer sus pasiones pequeñoburguesas a la causa del proletariado.

–¿Es verdad?

–Puedes seguir el proceso en el archivo del PCE.

–Esto me recuerda –le cuento yo– a un tío mío, republicano y anticlerical, al que un día su mujer le colocó en el cuarto de estar un Corazón de Jesús. Mi tío no se ahorraba ocasión de exclamar ante las visitas: “¡Santo de cintura p’arriba, cualquiera!”

–Se mire como se mire, allá donde hay grupo de personas, hay un principio represor que no puede ser reprimido. Por esto el número de pecados se mantiene estable, por mucho que varíe su contenido. La función del pecado es la misma que la de la ley, ocultarnos nuestra naturaleza…

–Esto tengo que pensarlo…

–… no hay un instinto natural que nos empuje al respeto de la ley… aunque la ley, amigo, nos sea tan inevitable como el sexo. Por eso es tan paradójico que a la vez que nos dedicamos a estimular todo aquello que tiene que ver con el sexo…

–El sexo siempre vende, dicen los publicistas…

–… nos escandalicemos con sus consecuencias… nuestros niños comienzan a ver vídeos porno a los 8 años.

–¿Tan temprano?

–Lo sabemos porque a esa edad aún no han aprendido a borrar el historial de sus búsquedas.

N.B. Me han acusado varios psiquiatras de parodiar frívolamente su importante quehacer. Tengo que decirles que yo no voy a mi psiquiatra a tratar de lo mío, sino de lo suyo. O sea, a ayudarle a acabar el mes. Ya que soy su único “paciente”, pacientemente me ocupo de él en la medida de mis posibilidades.

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