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El síndrome Ovidio

Foto: Rafael Jiménez | Flickr bajo Licencia Creative Commons

El emperador Augusto desterró al poeta Ovidio a Tomis, frente al Mar Negro. La pequeña ciudad era muy primitiva y sus habitantes, para un refinado romano, bárbaros, y no sólo por su origen. Aun así, Ovidio aprendió a hablar la lengua de los getas y no dejó de escribir. Tristia y las Pónticas nacieron allí, como su tono elegíaco, ausente en obras anteriores. El exilio hace profundizar en las cosas de manera distinta a la acostumbrada.

Lo que no aprendió jamás Ovidio –lo que no llegó a saber– fue la causa de su condena, el motivo de su destierro. Parte de su vida en Tomis –donde moriría diez años después– consistió en darle vueltas al asunto: ¿había visto en palacio algo que no le correspondía saber? ¿Había pervertido las costumbres que Augusto quería para su pueblo con la publicación de su Ars Amandi? ¿O en Las metamorfosis se ocultaba una chanza del poder que Roma consideraba inadmisible? No llegó a saberlo y lo intentó hasta el cansancio. Como intentó el perdón imperial que tampoco llegó nunca. El perdón por un pecado desconocido por el pecador.

“En nuestra cultura hemos inventado el riesgo sin consecuencias y no queremos salirnos de él. Es más: no damos crédito si la realidad se impone y por tanto nos descalabramos enteros.”

Ovidio no era un bufón. Era un poeta, que es cosa bien distinta. Toda la vida ha habido bufones. Los había en los palacios y los había en los castillos de los nobles. La función de esos bufones era la crítica de los usos del poder –nobiliario o real– desde la ironía, el sarcasmo o la acidez vitriólica. Nunca desde la piedad o la misericordia. El bufón se sabía a salvo si se comparaba con otros que diciendo lo mismo serían descoyuntados en el potro y decapitados, o pasarían el resto de sus días pudriéndose en una mazmorra. Pero el bufón también sabía que según qué límite traspasara podía perder la vida o verse para siempre en la miseria. Esto le hacía valorar y cuidar aún más el lugar privilegiado que ocupaba en la corte y al mismo tiempo agudizaba su astucia y su inteligencia para poder seguir diciendo las cosas que decía sin por ello perder la cabeza en el patíbulo. No sólo: sin aburrir también.

Un bufón no podía ser prudente en exceso –hubiera perdido la gracia– y debía moverse en la frontera de la ofensa, frontera que consiste en ofender sin que a los no ofendidos se lo parezca y por tanto el ofendido calle por no hacer el ridículo. Ahí el bufón calculaba quien estaba a la baja y quien en alza en su medio para pasarse más o menos de la raya. Quiero decir que además de cumplir las funciones sutiles o escandalosas que se esperaban de él, miraba sobre todo para sí mismo. Disfrutando además de dejar a sus espaldas un séquito de humillados y ofendidos, que a menudo era mera compensación de sus anomalías físicas. Esto le hacía a veces participar en conspiraciones, otras delatarlas a su señor y otras perder la vida en ellas. El riesgo, según donde se metiera, volvía a existir.

El síndrome Ovidio 1

Estatua de Ovidio en Constanza, realizada por Ettore Ferrari. | Foto: Wikipedia

El bufón debía de estar siempre despierto y Ovidio nunca supo por qué le habían castigado, pero nunca dudó tampoco de que algo había hecho mal. Por eso se preguntaba el qué y quizá eso lo mantuvo como poeta entre las sombras del Ponto y pudo escribir. Su pena –consideraba– no era un capricho de Augusto, pero no sabía encontrar en su pasada conducta la causa concreta de la misma. El bufón no tiene el mismo sentido de la responsabilidad.

Algo parecido a lo que ocurre en la sociedad contemporánea, donde el error siempre es de los otros, el pecado no existe y el riesgo es un juego: hacer puenting, por ejemplo, o balconing. Y como la muerte -o el castigo como método educativo- han sido desterrados de nuestra vida social, cuando fallan los elásticos que sujetan sobre el abismo, o el nivel de alcohol en sangre hace que uno no acierte con la piscina y estalla la tragedia, los demás, los que quedan vivos, quedan también boquiabiertos, llorosos y con cara de no entender nada.

En nuestra cultura hemos inventado el riesgo sin consecuencias y no queremos salirnos de él. Es más: no damos crédito si la realidad se impone y por tanto nos descalabramos enteros. Esto pasa por todo y a todos les pasa. Todos saben justificar sus actos dañinos, restándoles el daño y dejando el acto. Las consecuencias son para los demás, no para uno mismo.

 

Con los nuevos bufones ocurre lo mismo pero ahora quieren usurpar el lugar del artista –el lugar de Ovidio– y conocer solamente las glorias de Roma, pero no las nieblas de Tomis. Ocurre también que si les tocaran sus mitos de andar por casa, se burlaran de ellos o los pusieran en tela de juicio, sería gordo. Hagan el experimento y búrlense o critiquen cualquier tabú de nuestra politizada sociedad posmoderna, líquida y relativista, y su nombre arderá en twitter. En cuestión de condenas ahora, ríanse de la Santa Inquisición: los tribunales populares en las redes sociales son de una celeridad cósmica: pura fibra óptica combinada con el sadismo que despierta el anonimato. Y por supuesto no existen los derechos del acusado y el in dubio pro reo es el fósil de una especie desaparecida: a la hoguera con todos los que no piensan como yo.

 

“La muerte -o el castigo como método educativo- han sido desterrados de nuestra vida social, cuando fallan los elásticos que sujetan sobre el abismo, o el nivel de alcohol en sangre hace que uno no acierte con la piscina y estalla la tragedia, los demás, los que quedan vivos, quedan también boquiabiertos, llorosos y con cara de no entender nada.”

 

La libertad de expresión es su bandera. Pero sólo la suya: nadie más puede acogerse a ella porque es limitada: nunca los que suelen defender la libertad de expresión la defienden para los que opinan diferente a ellos. Y si alguna vez lo hacen, lo proclaman como los fariseos que daban limosna a la puerta del Templo, para que todos sepan de su tolerancia.

Ovidio murió en el destierro por orden del emperador. Quevedo estuvo en la cárcel por deseo de Olivares y orden del rey. Y al conde de  Villamediana lo asesinaron, probablemente por orden del Rey. Ninguno de los tres eran bufones. Ninguno de los tres habría hablado hoy de libertad de expresión y en cambio sí de libertad de creación. Pero vivimos el mundo al revés. Hoy en día los bufones ejercen su oficio cara a la actualidad. La actualidad es el rey, el conde y la corte. Pero los quieren a todos a favor. Sólo ellos han de tener bula para cualquier cosa y el que se ofenda, peor para él. Y si no es así, que arda el mundo.

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