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El ‘síndrome Sèvres’ y otras teorías de la conspiración

Foto: ADEM ALTAN | AFP

La fábrica de porcelana de Sèvres fue el escenario para la firma de un tratado que nunca se ejecutó. Pero que ha servido para alimentar el imaginario turco en contra de Occidente e inflamar el tan arraigado orgullo nacionalista en sus 81 millones de habitantes. Es lo que los académicos conocedores de esa sociedad identifican de hecho como el síndrome de Sévres. Un síndrome que es hoy la mejor baza con la que cuenta el presidente de la república, Recep Tayip Erdogan, para evitar verse arrastrado por la grave crisis económica que atraviesa el país. El acuerdo firmado en 1920 entre los aliados vencedores de la I Guerra Mundial y el imperio Otomano derrotado en esa contienda pretendió liquidar la soberanía turca sobre Oriente Medio, crear un estado para el Kurdistán, reconocer Armenia como una república y ceder la soberanía de varias islas a Grecia e Italia, además del control virtual de su economía y de reducir el dominio del antiguo imperio turco a Estambul y sus alrededores. Este tratado, similar al de Versalles, impuesto a Alemania, fue aceptado por el último sultán pero rechazado por la resistencia nacionalista desde Ankara de Kemal Ataturk, quien, tras declarar la guerra de la independencia, consiguió alcanzar en 1923 un nuevo acuerdo (tratado de Lausanne) con las potencias aliadas que le permitió fundar la República de Turquía y mantener la soberanía sobre la mayoría del territorio.

Este dato histórico sirve para entender mejor por qué las teorías de la conspiración usadas por Erdogan para eludir su responsabilidad en la crisis de la lira turca tienen tanto predicamento en el país. Antes que asumir su responsabilidad por los problemas estructurales  de la economía, el presidente turco prefiere culpar a EEUU de dar “un golpe de Estado económico” con la subida de los aranceles al aluminio (20%) y al acero (50%) turcos anunciada por Donald Trump. La que es la segunda potencia militar de la OTAN suma ahora esta amenaza a la lista de agravios que acumula contra Washington. Turquía reprocha a EEUU que en su lucha contra los yihadistas del ISIS en Siria haya armado a las milicias kurdas próximas al Partido de los Trabajadores del Kurdistán, organización que desde hace cuarenta años ha librado una sangrienta batalla en suelo turco por conseguir la independencia de los territorios de mayoría kurda, y sospecha que haya apoyado de alguna manera el fallido golpe de Estado ocurrido hace dos años.

El sentimiento antiamericano puede servirle de coartada a Erdogan para perpetuarse en el poder y no rendir cuentas por la mala gestión económica. Pero la envergadura de la crisis que se avecina es tal que es difícil pensar que el régimen saldrá indemne. La moneda se ha depreciado un 40% por la pérdida de confianza de los inversores extranjeros, la inflación resta un 17% de valor al dinero y será inevitable la quiebra de las empresas turcas que en estos últimos años de dinero fácil han aumentado exponencialmente su deuda en dólares y euros (según el banco central de Turquía, esta asciende a 285.000 millones de dólares), y cuyo servicio ahora les resulta insoportable. Que se dispare la mortalidad de las empresas provocará inevitablemente una fuerte subida del desempleo (ahora en el 10%). ¿Aguantará el régimen de Erdogan el malestar social sólo argumentando que Turquía es víctima de una conspiración occidental para debilitar su posición en el mundo?

Pero el resto del mundo no está a salvo del efecto contagio de la crisis de la lira turca. Es precisamente el dudoso cobro de esa deuda lo que está dañando al sector financiero europeo. El más expuesto a este impago es el español BBVA, propietario del 49% del banco turco Garanti, y que tiene casi 80.000 millones de euros de préstamos concedidos al sector privado turco. Los bancos franceses, con BNP a la cabeza, son los siguientes en esta lista, aunque de lejos, con 36.000 millones, e Italia, con 16.000 millones, siendo Unicredit el mayor acreedor. El BCE está preocupado por el efecto que la insolvencia de los pagos en divisas pueda tener en los balances de los recientemente, y con mucho esfuerzo, saneados bancos de la UE.

La desconfianza de los inversores extranjeros también se ha trasladado a otras economías emergentes. En los últimos quince días, el rand sudafricano, el rublo ruso y el peso argentino se han depreciado debido al mayor escrutinio de los inversores. La razón es que todas estas economías, al igual que la turca, han aumentado su endeudamiento en dólares y euros. En un entorno de probables subidas de tipos de interés en las economías avanzadas, ya sea EEUU o la UE, debido el cambio de signo de sus políticas monetarias, los inversores buscan destinos más seguros. Ello, por desgracia tendrá consecuencias en el crecimiento mundial y sobre todo en su reparto.

En este contexto, la intervención del Fondo Monetario Internacional, en el caso de que Turquía estuviera dispuesta someterse a su disciplina a cambio de préstamos fáciles, parece ineludible para frenar una espiral peligrosa de depreciación de la moneda, mayor dificultad para pagar la deuda, aumento de la insolvencia y las quiebras que de nuevo aumentan esa desconfianza de los inversores que a su vez provoca una nueva depreciación de la moneda, etc… Pero hasta hoy Erdogan ha preferido no adoptar las medidas necesarias (e impopulares) que se requieren para salvar a la economía turca. Entre ellas, una sustancial subida de los tipos de interés que sirva para frenar la inflación y la aplicación de recortes en el gasto público para sanear las cuentas.

La capacidad de los acreedores para presionar a Erdogan es además limitada. La UE depende de Turquía para contener el flujo migratorio procedente de Siria y otras zonas de conflicto de Oriente Medio que está afectando tanto a las relaciones entre los estados miembros como a la política nacional de los mismos. La canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Emmanuele Macron han mandado un mensaje de apoyo a la capacidad del Gobierno turco para gestionar la crisis. Hay mucho en juego. Erdogan lo sabe y gana tiempo mientras culpa a otros, pero ¿hasta cuándo?

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